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Hojas trastornadas

De la eliminación de las impresoras, artefacto monstruoso

 

No hay nada más rico que escribir a mano. Tomar una hoja en blanco, un bolígrafo de tinta negra y  garabatear palabras  con algunos dibujitos a los costados. Luego tachar una frase mal escrita o alguna palabra colada. Y sigues, juegas con ese espacio mágico que te regaló un árbol. Hasta que llegas a un punto en que miras desde una perspectiva más alejada y no solo están tus apuntes, además lo tienes adornado con la energía que se usó para pensar en la siguiente frase: aquellas sombras en las letras o una línea ondulada que cruza el margen superior y se asemeja al viento.

Déjenme decirles que una computadora jamás te regalaría semejante gratitud al vomitarte el mismo trabajo impreso con las normas básicas de presentación para facultades universitarias y bla bla bla… , sin embargo, de extraña manera logro comprenderle su lógica: con ese sistema los humanos nos entendemos mejor. Pero lamentablemente eso abstrae parte del espíritu aventurero que necesita el artista para ser único entre los miles de millones de seres humanos que habitan en el planeta. Así que sorry impresora te cambio por mi muñeca. Bye Bye.

 

Cuaderno trastornado

 

Este es un poco más simple.

 

Por motivos de educación superior tecnológica, yo, próximamente Técnico Chivo de la República del Ecuador, me enorgullezco de tener un cuaderno trastornado. El instrumento empezó con  cien hojas a cuadros aplastadas entre dos caratulas desgraciadas.  Un anillo de alambre recubierto con una corteza de plástico negro les unía entre sí, caratulas con hojas, hojas con caratulas. Era un cuaderno.

Por principios normativos de las sociedades occidentales, el anillado se encuentra al costado izquierdo. Lógicamente si escribimos por naturaleza de izquierda a derecha, el cuaderno debe funcionar para que vaya de izquierda a derecha, para transitar en él de forma ordenada. La primera línea comienza en la esquina superior izquierda de cada hoja. La última termina en la inferior derecha. Y así seguimos, una tras otra. Y tomas nota en la clase de matemáticas y luego en la de administración. No te interesa entender lo que pasa en dichos oficios, miras al profesor, miras la pared, comienzas a pensar en algo que nada tiene que ver con la materia de la lección académica. Y de pronto, como un rayo,  te llega el primer golpe de inspiración de un personaje para un cuento: El hombre está por graduarse del colegio para electricistas, pero antes debe pasar su última prueba, reparar un transformador. En el sector de La Mariscal hay tres cuadras que están sin electricidad desde el día anterior. Los agentes de comunicación de la Empresa Electrica han reconocido los números de teléfono de las casas afectadas. Van doce horas sin contestar sus llamadas.

- Fulton, mijo, debe ir a reparar  tres transformadores-

-Listo don Ladrillo…

- Tenga cuidado, mijo, la gente está furiosa.

Lo tengo  en la cabeza, pero el profesor nota mi distracción y me hace una pregunta que no entiendo.

- Don´t know- le respondo y por fortuna uno de los compañeros a los que sí les interesa aprender de administración para su futura empresa, se me adelanta y responde algo sobre un método de hacer un cash flow eficiente. Me salvé.  Regreso al cuaderno y me traslado a la última página para escribir el cuento porque sino se me olvida. Escribo, y descifro las palabras adecuadas mientras dibujo líneas anchas y líneas delgadas al costado de la hoja. Hasta que empiezo a fluir, y lo hago sin parar. Es la liberación completa del alma, no tiene frenos, placer, placeeeeeeeer… pero llego a la siguiente página y mi naturaleza me dice, es la última del cuaderno.  No me va a alcanzar el espacio,  decido utilizar la penúltima, la de la izquierda, pero no logro empezar a escribir de nuevo, entonces dibujo círculos chiquitos y otros más grandes hasta que en mi coco se crea otro pedazo de cuento. Y así llego a la antepenúltima y luego otra más, pero mi cerebro no se acostumbra a andar de derecha a izquierda, sin embargo,  continúo, es más desafiante que la aburrida izquierda-derecha.

Un mes después el lado derecho empieza a tener más hojas llenas. Cuando trato de leer esa parte  me doy cuenta que me cuesta andar de espaldas. El orden regular del instrumento  ha sido invertido, oditrevni. Paso la página y  leo que el wanabe- electricista llora porque que tres mujeres obesas le arrean hasta una esquina oscura con una cuchara de palo en cada mano, sin enterarme que ellas son las dueñas de una casa con uno de los transformadores quemados. Esa información estaba a la derecha. En ese momento comprendo la rebelión de las hojas. Están trastornadas. Son bellas en su libertad. Pero eso no me sirve de mucho.

Esta mañana las arranqué. A la primera la asenté boca abajo sobre la madera de mi escritorio, a la segunda encima de la primera, y la tercera de la segunda…hasta que se formó un condumio de hojas sueltas. Las voltee y las pasé una por una. El orden había regresado a la naturalidad con un toque de textura a los costados por motivos del arrancamiento del anillo, pero si de verdad lo que querían era rebelarse, podían hacerlo en cualquier segundo. No tenían ninguna atadura que las contuviera de volar o de darse la vuelta.  Pero no lo hicieron. Son mis hojas trastornadas.

 

 

Y no las puedes ver.

Viste lo que hiciste

-!Qué fuiste a hacer, animal!- me grita la Muñoz cuando llego a casa. Y yo que no tengo ni idea de qué me habla, de repente, me llega severo guaracazo en la nuca. Entonces me caigo de lado, después me zarandeo para el otro y así, justito antes de que me vaya de nariz, me levanto y  logro ganar otra vez el equilibrio ¿Y ahora, qué mierdas le pasa a ésta?, pienso, y la señora ni siquiera me deja hablar porque apenas abro la boca, juataz! me mete un chirlazo con el anillo de rubí, virado.  Ahí sí me voy de oreja pues. Fiera. Animal. Me toco la cara, sangra. Arde. Entonces aplico mi expresión de susto y con un sutil movimiento estiro la mano manchada para que vea el producto de su furia.

Voy a ser sincero, porque uno de los valores más importantes que me inculcaron mi señor y señora madre fue el de la honestidad, aunque luego descubrí que se mentían más que dos imanes, pero en fin,  si un segundo atrás de todo el suceso alguien me preguntaba ¿qué pasa?, hubiera respondido, no sé, pero necesito ayuda porque esta me mata. Pensé que finalmente la señora había perdido la razón.

Por fortuna, se calma. Se mira el dedo, suspira, limpia el anillo con un kleenex y lo coloca en la posición original. Luego empieza a llorar o al menos eso me hace creer. Utiliza el dedo meñique para secarse los lagrimales. Dudo de la veracidad del llanto pero inexplicablemente me provoca abrazarla, sin embargo, algo me dice que mejor me contenga, y hago caso. Entonces observo como abre el primer cajón del velador y mientras rebusca asoman unos ligeros saltos en su pecho que me cuentan sobre el fin del llanto, y al ver eso, de repente me entran ganas de llorar a mí también, porque ella sabe que me es casi imposible controlarme ante sus espasmos de sollozo. Sin embargo, como un reflejo se me viene a la cabeza el terrible segundo curso de la secundaria  y me lo trago todo. La señora saca del cajón el pañuelo blanco con bordados de margaritas, su preferido.

-Ven, te limpio- me ordena.

Y aquí nos toca movernos un poco hacia el pasado.

Paréntesis:  Enero pasado

La señora había dejado el pañuelo sobre mi lado de la cama, y como era Enero y en ese mes toca utilizar forro de plumón blanco, el pañuelo se camufló  y me senté encima.

- Oye, lo aplastaste, estaba recién planchadito- dijo sin quitar la vista de la televisión.

Entonces extraje el ordinario pañuelo con bordados de flores de debajo de mis nalgas. Me  contuve de expresarle mi opinión para evitar líos y lo doblé al mejor estilo de los meseros. Ella no me volvió a mirar hasta que llegaron las pautas comerciales.

- La próxima vez, mira bien en donde te acuestas, es mi pañuelo preferido – dijo con la arrogancia de las ocho, mientras acariciaba el pedazo de tela sobre su regazo.

- ¿No era el azul tu preferido?- repliqué con la misma fórmula.

- No, es este, el blanco, el más bonito- y le dio un beso, apagó la tele, la lámpara y se durmió.

De vuelta al presente

Y ese es el mismo pañuelo, el blanco, el más bonito, con el que pretende limpiarme el rasguño de mi cara. Le clavo la mirada con intención de recordarle el evento de enero pasado. Levanto las cejas, practico mi expresión de , oye, loca, vas a ensuciar tu pañuelo preferido con el rojo inamovible de mi sangre.

-¿Qué me ves con esa cara de mudo?- dice y sin remordimientos me lo frota en la cara y pinta carmesí a las margaritas del filo superior.

Se le olvidó. Me estreso un poco. No entiendo a esta mujer. Pero al menos está calmada y me cura la herida. Eso es bueno. Trato de olvidarme y le miro la boca. Me provoca su respiración, tan cercana a mi,  huelo su aroma natural, aquel licor escondido bajo su perfume, el que tanto me gusta, que enciende el calor bajo mi cinturón de cuero.  Entonces meto mi mano por debajo de su blusa. La piel suave y tibia, la rozo con las yemas de mis dedos. Ella cierra los ojos y levanta la cara hacia el tumbado. Respira pausadamente, una vez, otra, sí, vamos bien, hasta que bum!, error!, como un disparo me agarra de la muñeca y me la asienta agresivamente sobre mi entrepierna.

- Mi pañuelo- chilla histérica- mierda, mi pañuelo, el preferido, mira lo que hiciste animal, tú y tu sangre de mierda, mira.

Entonces explota algo silencioso en mi pecho que sube lentamente hacia la cabeza. Y me harto de las sonrisas y el silencio y miro las putas violetas que le regalé en el cumpleaños. Me dan ganas de morderlas frente a ella para hacerlas pedazos, como una bestia neandertal. Quiero saltar y gritar, porque el amor no existió nunca. Tu y tu puto pañuelo preferido, porqué mejor no me quemas la piel de una vez  y te puedes quedar con todo lo que te de la gana, hasta con las astillas del piso, sí hasta con esas putas astillas. Debí hacerle caso al Freddy, porque nada existió,  todo falso, pero esta vez no me voy  a encerrar en el baño a darme contra las paredes, te equivocas mujer, esta vez, esta vez, esta vez es la última, porque me voy. Y me vale verga la soledad, me voy a morir solo. Y cuidado con esa mano carajo, ahora me toca defenderme de tus groserías callejeras, seguro que aprendiste de tu prima la Ramona, gorda punkera, o de tu tía, la Charo, esa que no sabe ni pronunciar bien ni mi nombre. Que dile al Liego que te compre una mejor camisa, que mejor cásate rápido para que tengas las mañanas libres y te hagas socia del Castillo. Y yo bien huevón que me dejo engañar por tus nalgas bien paradas y tu juego de comedor alineado. Quédate quieta carajo, que me importa una mierda tu pañuelo preferido, lo compraste en la tienda de la Venezuela, si quieres voy mañana y te traigo veinte más. Quieta, carajo, quieta. Ya me golpeaste otra vez, yayau, mierda, yayua, gata, chita. Deberían meterte en un circo, o escribir un cuento a cerca de la hembra que jode hasta el piso por el que camina. Esa eres tú. Y ¿qué?

Alguien llora. El niño. Lo despertaste de nuevo.

-Firulo se orinó debajo de mi cama- se escucha de repente la voz de Adrianito. Y ahí está en el umbral de la puerta, con las burbujas de mocos inflándose en la nariz y el perro parado al lado.

Nos mira. Yo sobre la bruja, con mis rodillas encima de sus antebrazos, y ella con mi sangre sobre su pecho. Entonces nos levantamos como si nada hubiera pasado y lo miramos.  Suenan nuestras respiraciones y la burbuja de mocos de Adrianito revienta.

- ¿Puedo dormir con ustedes?- dice mientras se acerca más hacia nosotros.

La Muñoz recoge el pañuelo manchado del piso y con la parte que aún está blanca se limpia la sangre del pecho. Me mira, guiña el ojo y sonríe.

- Claro mi amor, ven- le dice a Adrianito y luego me mira a mí- papi, hazte a un lado para que entre.

payaso

Los dos mechones amarillos bailaron con el fondo rojo. Amanecía en el sur del mundo y al norte, la noche daba fin al día.

El  payaso se sentó en el taburete y esperó. Aunque el cuarto estaba oscuro, un rayo invasor alumbró su cara. El maquillaje le hacía sonreir, la pintura blanca, sudar. Pero nada le pudo quitar la pena.

Reflexión en un minuto…

Quién quiere ser alguien? Todos lo queremos y nos esforzamos una mierda para tratar de construir una imagen que sea aceptada por la sociedad que nos interesa, y mejor aún, por toda la sociedad. Así que nos convertimos en poetas, o en contadores de historias, o tratamos de tomar la mejor fotografía del mundo. También hay las que se pintan las uñas o el pelo, o se visten con pantalones hippies, o con ternos de colores saltones. Hacemos de todo.

Me parece que se trata de la manera en que los humanos tratamos de encajar. Y qué pasa si no encajamos, o nos negamos a ser parte de esta cultura, que por un lado puede que nos traiga fortunas en el amor, en el dinero, o en las amistades; pero por otro, creo que también nos aleja del espíritu que llevamos dentro y que es lo que de verdad somos. Somos seres con una energía que se mueve adentro y que estoy casi seguro que es única, y es mágica. A veces el temor a ser diferentes es lo que nos apega cada vez más a ser menos lo que de verdad tenemos dentro. Por otro lado, también puede que sea un estado natural del humano, el de apegarse a una forma de vida que esté aceptada por el mundo más similar que nos rodea. Como las hormigas. Sin embargo, a diferencia de ellas, nosotros tenemos una fuerza predominante interna e innata, que para mí es el más sabio de nuestros estados, el de la subconsciencia, aquella energía que nos brota cuando estamos en silencio, o cuando decidimos escribir algo sin ninguna estructura ni planificación, sino con la fluidez de las palabras por sí mismas.

Recuerdo que una mujer me dijo que la intuición es un estado del que los humanos deberíamos aprovechar más y ejercitarla porque nos podría traer gigantes frutos. Es confiar ciegamente en lo que somos. Y dejarnos guiar por aquella fuerza interna.

Dominar el arte significa usar la libertad dentro de sus normas destructibles.

De la eliminación de las impresoras, artefaco monstruoso

No hay nada más rico que escribir a mano. Tomar una hoja en blanco, un bolígrafo de tinta negra y  garabatear palabras  con algunos dibujitos a los costados. Luego tachar una frase mal escrita o alguna palabra colada. Y así sigues, juegas con ese espacio mágico que te regaló un árbol. Hasta que llegas a un punto en que miras desde una perspectiva más alejada y no solo están tus apuntes, además lo tienes adornado con la energía que utilizaste para pensar en la siguiente frase que se escribió: aquellas sombras en las letras o una línea ondulada que curza el margen superior y se asemeja al viento.

Dejenme decirles que una computadora jamás te regalaría semejante gratitud al vomitarte el mismo trabajo pero impreso con las normas básicas de presentación para facultades universitarias y bla bla bla… , sin embargo, de extraña manera logro comprenderles: con ese sistema los humanos nos entendemos mejor. Pero lamentablemente esta comprensión abstrae parte del espíritu aventurero que necesita el artista para ser único entre los miles de millones de seres humanos que habitan en el planeta.

Cuadernos trastornados

Por motivos de educación superior tecnológica, yo, próximamente Técnico Chivo de la República del Ecuador, me enrogullesco de tener un cuaderno trastornado. El instrumento empezó con  cien hojas a cuadros aplastadas entre dos caratulas desgraciadas.  Un anillo de alambre recubierto con una corteza de plástico negro que les unía entre sí, caratulas con hojas, hojas con caratulas. Era un cuaderno.

Por principios normativos de las sociedades occidentales, el anillado se encuentra al costado izquierdo. Lógicamente si escribimos por naturaleza de izquierda a derecha, el cuaderno debe funcionar para que vaya de izquierda a derecha, para transitar en él de forma ordenada. La primera línea comienza en la esquina superior izquierda de cada hoja. La última termina en la inferior derecha. Y así seguimos, una tras otra. Y tomas nota en la clase de matemáticas y luego en la de administración, no te interesa entender demasiado de lo que pasa en dichos oficios, miras al profesor, miras la pared, comienzas a pensar en algo que nada tiene que ver con la materia de la lección académica. Y de pronto, como un rayo,  te llega el primer golpe de inspiración de un personaje para un cuento: El hombre está por graduarse del colegio para electricistas, pero antes debe pasar su última prueba, reparar un transformador. En el sector de La Mariscal hay tres cuadras que están sin electricidad desde el día anterior. Los agentes de comunicación de la Empresa Electrica han reconocido los números de teléfono de las casas afectadas, ya van doce horas sin contestar las llamadas.

- Fulton, mijo, debe ir a reparar  tres transformadores-

-Listo don Ladrillo…

- Tenga cuidado, mijo, la gente está furiosa.

Lo tengo  en la cabeza, pero el profesor de repente nota mi distracción y me hace una pregunta que no entiendo.

- Don´t know- le respondo y por fortuna uno de los compañeros a los que sí les interesa aprender de administración para su futura empresa, se me adelanta y responde algo sobre un método de hacer un cash flow eficiente. Me salvé.  Regreso al cuaderno y me traslado a la última página  para escribir el cuento porque sino se me olvida. Escribo, y descifro las palabras adecuadas mientras dibujo líneas anchas y líneas delagas al costado de la hoja. Hasta que empiezo a fluir, y lo hago sin parar. Es la liberación completa del alma, no tiene frenos, placer, placeeeeeeeer… pero llego a la siguiente página y mi naturaleza me dice, es la última del cuaderno.  No me va a alcanzar el espacio,  decido utilizar la penúltima, la de la izquierda, pero no logro empezar a escribir de nuevo, entonces dibujo círculos chiquitos y otros más grandes hasta que se en mi coco se crea otro pedazo de cuento. Y así llego a la antepenúltima y luego otra más, pero mi cerebro no se acostumbra a andar de derecha a izquierda, sin embargo,  continúo, es más desafiante que la aburrida izquierda-derecha.

Un mes después el lado derecho empieza a tener más hojas llenas. Cuando trato de leer esa parte  me doy cuenta que me cuesta andar de espaldas. El orden regular del instrumento  ha sido invertido, oditrevni. Paso la página y  leo que el wanabe- electricista llora porque que tres mujeres obesas le arrean hasta una esquina oscura con una cuchara de palo en cada mano, sin enterarte que ellas son las dueñas de una casa con uno de los transformadores quemados, pues esa información estaba a la derecha. En ese momento comprendo la rebelión de las hojas. Están trastornadas. Son bellas en su libertad. Pero eso no me sirve de mucho.

Esta mañana las arranqué. A la primera la asenté boca abajo sobre la madera de mi escritorio, a la segunda encima de la primera, y la tercera de la segunda…hasta que se formó un condumio de hojas sueltas sobre un escritorio. Las voltee y las pasé una por una. El orden había regresado a la naturalidad con un toque de textura a los costados por motivos del arrancamiento del anillo, pero si de verdad lo que querían era rebelarse, podían hacerlo en cualquier segundo. No tenían ninguna atadura que las contuviera de volar o de darse la vuelta.  Pero no lo hicieron. Son mis hojas trastornadas.

PP creyó que lo ayudaría

Para los chicos del bosque: miren que estoy en un aprieto de última instancia,  por eso es que los llamo en esta noche. Lo que sucede es que mis palabras no quieren salir a acompañarme, se han vuelto tímidas conmigo mismo. La verdad es que las observo a lo lejos, y son muy lindas, pero una vez que las llamo se asustan y huyen. Unas suben a la nieve para camuflarse en la blancura, otras, en cambio, prefieren las sombras de los troncos. Todas miran de reojo cuando las llamo, yo lo sé, aunque ellas digan lo contrario.

Ayer mismo caminaba por mi aburrido dibujo de eucaliptos, sí, ese mismo, el que lo hago siempre que estoy aburrido, sobretodo en las clases del viernes a las nueve de la noche. Y bueno por ahí andaba yo cuando de pronto capturé la atención de una que decía hola y yo, como es natural, me emocioné mucho y corrí a verla, pero apenas me miró,  sus líneas rectas se convirtieron en curvas oblícuas con dirección a izquierda y derecha. Parecían llenas de agua. Y tuve miedo. Y ella también, porque temblaba. Era una pequeña palabra hola que apenas había nacido, y con solo ver mi rostro se espantó por completo.

-Tranquila- susurré

Pero se asustó aún más y finalmente logró salir del estado de shock en el que le había puesto y se deslizó velozmente hasta desaparecer detrás del eucalipto de tinta negra.

En resumen, chicos, eso es lo que me viene sucediendo desde hace ya más de siete meses. Es terrible. Es tenaz. He tratado de averiguar la razón de su rebeldía pero hay tantas posibilidades que ya no sé a cuál apegarme. No sé si es necesario que enumere algunas de ellas, entiendo que su tiempo es corto y las actividades que realizan son mucho más interesantes, sin embargo, lo haré porque son los únicos en que confío. Pero si no tienen ganas de leerlas y tan solo quieren ayudarme con aquella fe que les corresponde, entonces, adelante, no las lean y sólo ayuden a recuperar mis palabras. En fin, aquí unas de las razones por las que creo que mis palabras me han abandonado, y discúlpenme si de repente se me escapa una que otra expresión ofensiva para sus delicados oídos, sobretodo, para tí Fisc.

- es genético

- es el facebook

- es el mal uso que les di en el pasado

- es la edad

- es la falta de educación

- es el aburrimiento de la vida

- es la vida

- son ellas

- es la pereza

- es la falta de imaginación

Básicamente, mis queridos chicos, eso es lo que se me ocurre por el momento.

Les extraño y espero pronto poder visitarlos en el bosque. Quisiera mudarme para allá, pero como les dije una vez, aunque la vida en este lado del mundo puede ser amarga, hay un imán que me llama para dejar un mensaje que todavía no lo descifro.

Gracias.

Su amigo,

PP

Esta es la respuesta que los chicos del bosque enviaron a PP.

Hola PP, te escribo en nombre de todos. Bueno acá hace una mañana soleada y las luces del sol entran por las ventanas. El aroma del desayuno sube hasta mi habitación y me suena la panza. Bueno, para no hacerte perder más tiempo quisiera primero mencionar que acabo de leer tu carta, por cierto, aburrida como la mierda de los perros.

Me voy a comer

Chao PP.

 

I Al principio…

Mi padre observaba con tristeza al mundo y se dio cuenta que algo faltaba. Pensó durante días enteros, qué podría ser. Tal vez, un nuevo elemento básico. Uno que brille en la oscuridad y si se lo ingiere permita volar a todo ser vivo que no tenga alas. Eso es, dijo. Será azul y psicodélico, y sólo se lo encontrará en un lugar del planeta, en una cueva de la Amazonía, la cueva de los Tayos. Entonces mi padre se levantó y lo inventó. Al lanzarlo al mundo gritó tan fuerte que todos los animales empezaron a correr del miedo. Sin embargo, pasaron algunas semanas y se acostumbró a su presencia,  además nadie lo encontraba, entonces se sentó otra vez.

Miraba a un león cazar su presa cuando se la avecinó una nueva idea. Sonrió y dejó de un salto la mecedora. Sacó sus instrumentos de manufactura y tras cincuenta largas noches de experimentos fallidos, finalmente, con mucho cuidado colocó el último ingrediente de su nueva idea.  Ante sus ojos creció una planta con colmillos. Al introducir el dedo sobre ella, ésta le mordió. Gritó de alegría y en ese mismo instante sembró miles de ellas cerca de las regiones tropicales de su mundo. Y observó. Las plantas crecieron, unas más grandes que otras, pero todas comían insectos y hasta ratas. Estaba orgulloso de su invento, sin embargo, pasaron algunas semanas y se dio cuenta que la planta se volvía aburrida, era demasiado predecible como casi todo en su mundo perfecto. Entonces deprimido se volvió a sentar. Se imaginó una nueva luna o más estrellas, o monos con alas, o volcanes de agua y arcoíris de arena, pero nada cambiaría la rutina de la naturaleza que había creado.  Finalmente, mi padre entró en depresión y aunque sabía que nada cambiaría, trató de inventar un nuevo animal, una bestia incontrolable. Apenas empezó a moldearlo sin tener ningún boceto de cómo sería, de pronto se miró las manos y una escalofriante idea le invadió la cabeza. Destrocémoslo, se dijo a sí mismo, y comenzó a reír para sus adentros. Tal fue su emoción que empezó a brincar en círculos durante horas. Jamás se volvería a aburrir. Había encontrado la solución, al fin. Se miró al espejo y talló las primeras bases de su nuevo proyecto. Dos años después lo concibió. Me inventó a mí. Y así obtuvo el toque final a su bola de lodo.

Nací del polvo, y crecí en un lugar que muchos años después los hijos de los hijos de mis hijos y más allá, lo recordarían como el paraíso. En realidad, era hermoso, pero, eso sí, bastante duro de sobrevivir. Había selvas, montañas, y playas. Había lluvia, sol, y viento. En primavera, flores,  en invierno, nieve. Era hermoso, pero insisto, difícil.

Durante la infancia se puede decir que tuve todo lo que un hombre podría llegar a querer, sin embargo, un poco entrado en edad empecé a poner nombres a las cosas y vi que había dos osos, dos tiburones, dos perros, dos de todo. Y yo, estaba solo entre animales desconocidos a mi comunicación, entonces se me cayó un hueso y en una mañana de sol sucedió.

¿Mi costilla creó eso?- pensé en el instante que la vi caminar por la loma de enfrente-. Ni siquiera tuve que dedicarle una serenata  para que me dejara besarla. Se acercó y susurrándome al oído me dijo “solo somos dos y tenemos todo el tiempo del mundo, así que por qué no empezamos la fiesta”.

Fue la época más hermosa de mi vida. Desnudos corríamos por los verdes campos del paraíso, hacíamos el amor en las cumbres, en el mar, y los ríos, ella me decía Adán y  a ella yo la llamaba Eva.

Mientras tanto, mi padre nos observaba dichoso desde su mecedora.

-Pongámosle un poquito de salsa- gritó emocionado.

Era un martes al alba cuando Eva apareció con los cachetes curtiditos y dijo  “lindo, muerda”. Lo que me dio miedo no fue aquel fruto precioso, sino el lago de serpientes sobre el que ella estaba parada.  No puedo negarlo que aquel día Eva parecía un ángel, y por eso llegué hasta donde estaba. Pero apenas di el mordisco me desmayé de éxtasis y al despertar me encontré solo y asustado, entre una aburrida naturaleza.

Al ocaso de ese mismo día la vi otra vez,  su figurita era de ensueño, con el cabello recogido y una minifalda de buganvillas. Sus ojos un tanto indiferentes me provocaron más que nunca,  pero al acercarme me sorprendió poniéndome la mano en el pecho. Y con una mueca insoportable dijo  “¿qué te has creído niño, crees que soy así de fácil?”.

No lo podía creer, estaba ardiente, eso hizo que sintiera más ganas de poseerla. Ante el incesante deseo de tenerla conocí a lo que más tarde se le bautizaría como cortejo.  Probé con las rosas, las violetas, con el agua de vertiente y los arcoíris de abril, pero nada le gustaba. Entré en desesperación. Corté una caña e hice un mojito, maté un cordero, construí una cama, una casa, hice fuego, y le preparé una cena, la primera de todas.  Del cordero salió un lomo fino, de la casa un hotel, y de la cama, una fiesta. Le dije, Eva, pequeño,  déjate de tonterías, hermosa, y ven conmigo. Y ella cedió.

Pero todo lo bueno lleva consigo algo malo, entonces nacieron mis hijos.

II Los hijos

Mi reflejo en el vado de los ríos me hace recordar a Caín. No por el parecido físico, sino por el tinte blanco que echó a mi cabeza todas la veces que lo encontré fumando maracachafa sobre los muros del parque Limbo, junto a sus amigotes, Belcebú y Antonio.

Pero hasta eso lo aguanté, sin embargo, a él no le bastó porque años después, perdió la cabeza por completo.

Fueron escasas las veces que no llegaba borracho, drogado, e insultaba a su hermano, siempre en medio de los dos oficiales vestidos de blanco. Ahí entendí que aquella manzana trajo más que ron, aguardiente y una cama con colchón ortopédico.

Por su parte, el pequeño Abel fue ingenuo y muy querido. Siempre le gustó atendernos. Nos preparaba el desayuno, nos hacía batidos con las frutas del cielo, y hasta inocentes pasteles de manzana prohibida; pero la vida tenía sus planes para el taciturno Abel. Hay, cómo le quise a ese muchacho.

Fue en una de las madrugadas infernales cuando entre luces y ráfagas de arena asomó Caín con una nueve milímetros en el cinto y una botella vacía. Traía consigo a la envidia sujetada de la mano izquierda obligándole, según alegó en su juicio final, a disparar diez tiros y despedazar a su hermano “por ser nieto del juez”. Ese día mis dos hijos desaparecieron, y aunque a los dos los quise por igual, hasta ahora no sé si de verdad logré perdonar a Caín.

Desde entonces, las cosas fueron de mal en peor, por eso un domingo después de la misa de réquiem, desesperado al ver las lágrimas verdes-amargas caer por su rostro de niña, le dije “Eva, querida, vámonos para el Japón”, no respondió, pero  a la semana siguiente sin decir nada a nadie, ni a mi primo el Naza, nos embarcamos en un buque donde solo se admitían parejas y su capitán, un viejo delirante que comía pescado crudo, juraba que su barco era un arca en medio de un diluvio.

III La trágica historia de Adán y Eva

Hacía frío cuando llegamos al Asia y los nipones nos sorprendieron escudriñándonos de pies a cabeza, inclusive los niños. Al cabo de los días entendí que sus ojos eran así por naturaleza.

A Eva le pasó el sollozo y la razón también. Se dedicó a tejer en una mecedora con vista al mar. Tejía manteles y suéteres azules, “son para los mirlos “, decía. Según ella, los veía todas las noches.  Yo sentí que la había perdido. Una vez me pregunto si conocía a Abel, su hijo bonito.

Llevábamos años viviendo en el apartamento setecientos sesenta y seis.  El de abajo era de Viviana, una bella de España que cantaba pasodoble. Una noche de tristeza, al son de sus castañuelas se me acercó despacio y sin decir nada me agarró del cuello para llevarme a su cama. No puse ninguna resistencia.

Cuando subí al séptimo, mi Eva ya no se mecía y  un pedazo de lana a medio andar reposaba en el suelo. No necesité verificar que había muerto, el silencio y el frío lo confesaron.

El séptimo cambió de nombre y Viviana desapareció. Yo me quedé con el recuerdo de Eva, Abel, de un hijo asesino y un padre inventor. Añoré mi infancia y hasta me pregunté si el mundo hubiera estado mejor sin mí.

Ahora que estoy viejo, dicen que mi nombre es Adán y que soy el primero, pero no me importa ya nada, porque desde la ventana que se ve el mar, meciéndome a barlovento, me dedico a contar historias de de guitarras podridas a los pájaros que mi Eva olvidó el día en que junto a la del seis la maté.

Intro

Vuelvo después de un retiro espiritual. Así, ese de los Lazos Marianos. Futa, es que me salvó la vida. Ahora me voy a convertir en un misionero y ayudaré a la humanidad. Quiero a la paz y no al reguetón.Lo siento por tí, Daddy, yo sí te amaba harto, pero ya no.De todas maneras, sé que no me extrañarás.

He dejado a mi ex en una gasolinera. Y he cambiado de rumbo, del malo al bueno ¿ Sí diferencias no? Ya no me gustan los conciertos de rock en fábricas abandonadas, ni los grafitis de Guápulo, y peor aún los raves en bosques místicos, ya no. Ahora me voy por los rosarios nocturnos y las sesiones de opio con mis panas de Tambillo. ¿A ver, a ver, qué dices flaco? Ups, lo siento, se me salió.

Intro 2

Es que había una vez una niña que se llamaba Sofía. Estaba caliente como las cocinas. Y un buen día la besé y nos chocamos los dientes.  Me dolió. Después le traté de meter mano por debajo de la camiseta pero no supe como quitarle el sostén. Así que se consiguió otro flaco que logró hacerlo con un dedo.  Y eso me dolió menos que los dientazos del primer beso.

Intro 3, the real, real shit.

Había otra vez un hombre calvo que tenía una panzota. El aliento le apestaba a estiercol cuando se ponía de mal humor. Se llamaba igual a una laguna que queda en el Cayambe y su apellido era el  mismo nombre de las que dan leche  ¿adivinaste gordo? ¿no?, bueno, mejor.

Oh, sí! estaba emocionado, iba a escribir para el periódico más aniñado del Ecuador.  Y me compré baterías para la grabadora y en un cuaderno antiguo anoté mis primeras observaciones, de mis primeras coberturas, por supuesto.

Quito, la capital del Ecuador. Los restos de Eugenio Espejo está en las catacumbas de una capilla en El Tejar. Siempre está cerrada.  Las monjas Lauritas son unas señoras arrogantes y la historiadora Escudero opina que nadie sabe nada a cerca de Espejo, solo ella.

En la parroquia de Checa se va la luz a cada rato. El señor que se disculpa por su aliento a ajo dice que los de la Empresa Eléctrica son unos borrachos y no trabajan cuando juega la selección. O sea, justo cuando se va la luz en su casa. O sea, justo cuando  quería prender la tv. Ya lleva tres partidos vistos en televisión ajena. “Y yo que ya estaba listo con las papitas fritas y mi cochita hot” dice el hombre.

Pero me aburrí del decoro. Información, información, información. Todo igual, todo aburrido.

La creatividad dentro de una caja diminuta, y me preguntaba  sobre los detalles que no se pueden contar: ¿el exceso de maquillaje que no lograron cubrir los bigotes negros de la concejala Valarezo ? ¿ O los mocos del alcalde Barrera durante la conferencia de la ruta sur? ¿O los inocentes niños manipulados por cerdos profesores de escuelas fiscales? ¿O el agua de cedrón del concejal Villamar? ¿Y los locos de la plaza? ¿Y los estornudos de la señorita confraternidad? ¿ Y los sillones rosados de la feminista gritona con escote chillón?

Pasaron cinco meses de puerca monotonía, de disfrazarlo todo. Bueno, al menos todo lo que de verdad me parecía que valía la pena contar.

Mis dedos empezaron a quemarse y el gordo metía candela por su i-phone. Tenía terror a mi ringtone, a ese refrán que un día me pareció emocionante pero que ahora lo escucho y me explota un escalofrío nauseabundo.

Cuando le dije al gordo que ya no daba más, le empezó a temblar la papada, el labio inferior se le movió de lado a lado, en su calva aparecieron gotitas de sudor y entonces me acusó de pelucón, malcriado e inmaduro. “¿Puta y si tienes problemas conociendo Quito, por qué no te compras un GPS?” “Yo te di todo, y mira cómo me pagas” “Te odio”.

Oh, y yo que creía que los editores tenían gónadas. Ya han pasado más de cinco meses y todavía no me  habla. Y en las reuniones opina que yo debería salir del periódico o al menos estar en el peor trabajo, monitoreo constante de los noticieros nacionales. Pero no, ya no escribo, es verdad, pero tampoco salí del periódico y no estoy en monitoreo, sino en fotografía.  A la final solo era el pasante y los pasantes, según dice la palabra, pasan no más.

Después de medio año he decidido volver a escribir. Me había olvidado del placer que trae consigo. Las articulaciones de los dedos se han vuelto tiesas. Pero ahora, poco a poco las rompo y comienzan a moverse otra vez. Llegan con furia, llegan con ganas de cagarse en el mundo entero.

El mundo se encontraba en un ambiente tenso y preocupante. Era el año 1938 y la Segunda Guerra Mundial estaba en el umbral de su estallido.

Sin embargo habían científicos que se las arreglaban para laborar en medio de aquel pesado ambiente de pólvora y discursos nacionalistas.

Uno de ellos era  el suizo Albert Hoffman. Este hombre, un tanto excéntrico se había pasado gran parte de su carrera tratando de averiguar las epidemias de “el fuego de San Anotnio”, la cuál había atacado a miles de personas durante la Edad Media.

Gangrena y demencia para todos aquellos que rozaban al hongo del centeno, mejor conocido como Cornezuelo del Centeno.

Puerca edad oscura, a parte del sometimiento canalla por parte de nobles, clérigos y “El Estado soy yo”; la gente debía aguantar tantas plagas ligadas al mismo infierno. Locos en todas las esquinas.

En fin, Hoffman se puso a estudiar este hongo, que en efecto poseía una serie de compuestos como el que hace que se te contraigan los vasos sanguíneos, es decir que en pocas horas se te pudre la sangre en cautiverio, y digamos que se te cae la parte infectada. Sin embargo, aquella época había pasado, pero lo que Hoffman quería saber era exactamente qué producía aquella obstrucción de los vasos sanguíneos, con la idea de poder parar hemorragias de partos.

Hoffamn en 1930, manipuló su núcleo y obtuvo un compuesto llamado ácido lisérgico, componente principal del Cornezuelo del Centeno. Pero sólo en 1938 produjo la sustancia número 25 de una serie de deribados del ácido lisérgico, no obstante al probarla en el útero de alguna dama no funcionó y por consiguiente fue archivada en los cajones del olvido.

En 1943, Hoffman, tan insistente y poco olvidadizo se le ocurrió elaborar otra vez aquel compuesto, pero en el delicado proceso se empezó a sentir mal, un tanto mareado. Tal vez- dijo- es ese almuerzo que me comí. 

Era la plena guerra y la escasez de gasolina estaba presente, por eso Hoffman había decidido, o bueno, se vio en la necesidad de ir a trabajar en bicicleta. 

Aquella primavera del 43, el doctor Hoffman salió en su antigua bicicleta relinchante y empezó a pedalear por las calles embarradas de guerra, sin embargo el doctor inició un viaje aluciante, literalmente alucinante, visiones, sensaciones, situaciones insólitas camino a su hogar.

El Doctor Albert Hoffman acababa de descubrir el agente alucinógeno más potente del mundo: dietilamida-25 del ácido lisérgico o LSD y por razones del destino, aquella vez su piel había absorbido una pizca iniciando así, al pedalear su bicicleta, el primer viaje en ácido de la historia. Abriendo las puertas a una nueva cultura…. hippies he ahí su padre nuestro

Nota: Albert Hoffman en 1950 recibió por parte del frustrado micólogo francés, Roger Heim, una muestra del Psilosybe mexicana (hongo alucinógeno procediente de Oaxaca, México) en busqueda de ayuda con fin de encontrar las sutancias que producían la alucinación.

Albert Hoffman, primero probó con ratones y perros; pero no pasó nada. Es por eso que decidió probar per se. Se comió treinta y dos hongos. (Quisiera decir que se muríó para darle el toque final a esta historia, pero no fue así). Según Wade Davis en su libro “El río”, Hoffman aseguró que después de 90 minutos “el torrente de motivos abstractos…alcanzó un grado tal que temí ser desgarrado por un remolino de formas y colores en el que me disolvería”.

El Doctor Albert Hoffman, hoy en el 2007 tiene 101 años y es miembro del Comité del Premio Nobel.

Más información: Wade Davis “El río”

Anarquía en Transmilenio

Eran las 7 de la noche en la ciudad de Bogotá cuando en la estación norte (Portal Norte) del sistema más moderno de la susodicha ciudad, llamado Transmilenio, un acontecimiento poco común aconteció,  perdón por el redundón.

Digamos que en plena hora pico cuando buses cargados de gente vienen y van, de lado a lado; la aglomeración de humanos se volvía muy incómoda, no había como ni caminar, sin embargo aquella noche a parte de eso algo más insólito y emocionante estaba a punto de suceder. 

El joven mochilero se bajó del alimentador dispuesto a tomar el bus que lo llevaría al centro de Bogotá. Los grandes andenes estaban rebosantes de gente caminante, silenciosos, transitorios. Habían seis ventanillas en la parte norte de la estación , no obstante solo dos estaban abiertas. El sudor de las vendedoras y las eternas filas de más de cuarenta personas hicieron pensar al mochilero que sería una noche extraña.

Después de diez munutos de fila para poder comprar una tarjeta azul con el sello de Transmilenio que diez pasos más adelante se tragaría una máquina controladora, cayó en la cuenta de que era demasiada gente la que ahí había.

Las máquinas se habían dañado, los policias se algutinaban al otro lado y la gente empezaba a pereder la cabeza. Se escuchaba el jadeo de los pasajeros frustrados. Del lado de los policias había un tipo de lentes que con su cara de desesperación trataba de calmar la situación; pero del lado de la fuerza mayoritaria que cada vez crecía más, la paciencia se estaba termiando.

Entre la multitud había un señor con traje gris, corbata roja y maletín de cuero. Caminaba de lado a lado, el sudor hacía brillar su frente. Entonces sacó un pañuelo blanco se limpió la cara y alzando la mirada blabuceó tres palabras sutiles; pero después de algunos segundos se dirigió hacia la barrera entre el pueblo y los policias y esta vez ya no habló en voz baja, sino emanó un grito de libertad, y de inspiración. -¡Anarquía en Transmilenio!- y de un saltó pasó por encima de las máquinas hasta estar parado frente a la fuerza pública.

La gente no se quedó atrás, pronto se escucharon los gritos de mujeres desesperadas, y de policias golpeados. Se había desatado el caos. Fue entonces cuando el joven mochilero, siempre tan ácrata, tan anacoreta  y soñador aprovechó aquella oportunidad que tanto había anhelado: soltó su pesada mochila y en menos de dos segundos se desnudó hasta quedar en traje de Adán. Empezó a correr por entre la gente, gritando algo que nadie pudo entender, pero que produjo asco.

Fueron cinco minutos por reloj. La gente dejó de romper los vidrios, de pegar a los policias, de robar carteras de mujeres y volantes de buses, en fin, dejaron de hacer todo lo que estaban haciendo.

Un último grito del  pobre desnudo emocionado. El silencio completo. Y entonces no sé que fue lo que pasó pero nunca antes había escuchado semejante carcajada colectiva. La gente esa noche murió de risa y el torpe europeo murió de tristeza.

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