Los dos mechones amarillos bailaron con el fondo rojo. Amanecía en el sur del mundo y al norte, la noche daba fin al día.
El payaso se sentó en el taburete y esperó. Aunque el cuarto estaba oscuro, un rayo invasor alumbró su cara. El maquillaje le hacía sonreir, la pintura blanca, sudar. Pero nada le pudo quitar la pena.
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