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El mundo se encontraba en un ambiente tenso y preocupante. Era el año 1938 y la Segunda Guerra Mundial estaba en el umbral de su estallido.

Sin embargo habían científicos que se las arreglaban para laborar en medio de aquel pesado ambiente de pólvora y discursos nacionalistas.

Uno de ellos era  el suizo Albert Hoffman. Este hombre, un tanto excéntrico se había pasado gran parte de su carrera tratando de averiguar las epidemias de “el fuego de San Anotnio”, la cuál había atacado a miles de personas durante la Edad Media.

Gangrena y demencia para todos aquellos que rozaban al hongo del centeno, mejor conocido como Cornezuelo del Centeno.

Puerca edad oscura, a parte del sometimiento canalla por parte de nobles, clérigos y “El Estado soy yo”; la gente debía aguantar tantas plagas ligadas al mismo infierno. Locos en todas las esquinas.

En fin, Hoffman se puso a estudiar este hongo, que en efecto poseía una serie de compuestos como el que hace que se te contraigan los vasos sanguíneos, es decir que en pocas horas se te pudre la sangre en cautiverio, y digamos que se te cae la parte infectada. Sin embargo, aquella época había pasado, pero lo que Hoffman quería saber era exactamente qué producía aquella obstrucción de los vasos sanguíneos, con la idea de poder parar hemorragias de partos.

Hoffamn en 1930, manipuló su núcleo y obtuvo un compuesto llamado ácido lisérgico, componente principal del Cornezuelo del Centeno. Pero sólo en 1938 produjo la sustancia número 25 de una serie de deribados del ácido lisérgico, no obstante al probarla en el útero de alguna dama no funcionó y por consiguiente fue archivada en los cajones del olvido.

En 1943, Hoffman, tan insistente y poco olvidadizo se le ocurrió elaborar otra vez aquel compuesto, pero en el delicado proceso se empezó a sentir mal, un tanto mareado. Tal vez- dijo- es ese almuerzo que me comí. 

Era la plena guerra y la escasez de gasolina estaba presente, por eso Hoffman había decidido, o bueno, se vio en la necesidad de ir a trabajar en bicicleta. 

Aquella primavera del 43, el doctor Hoffman salió en su antigua bicicleta relinchante y empezó a pedalear por las calles embarradas de guerra, sin embargo el doctor inició un viaje aluciante, literalmente alucinante, visiones, sensaciones, situaciones insólitas camino a su hogar.

El Doctor Albert Hoffman acababa de descubrir el agente alucinógeno más potente del mundo: dietilamida-25 del ácido lisérgico o LSD y por razones del destino, aquella vez su piel había absorbido una pizca iniciando así, al pedalear su bicicleta, el primer viaje en ácido de la historia. Abriendo las puertas a una nueva cultura…. hippies he ahí su padre nuestro

Nota: Albert Hoffman en 1950 recibió por parte del frustrado micólogo francés, Roger Heim, una muestra del Psilosybe mexicana (hongo alucinógeno procediente de Oaxaca, México) en busqueda de ayuda con fin de encontrar las sutancias que producían la alucinación.

Albert Hoffman, primero probó con ratones y perros; pero no pasó nada. Es por eso que decidió probar per se. Se comió treinta y dos hongos. (Quisiera decir que se muríó para darle el toque final a esta historia, pero no fue así). Según Wade Davis en su libro “El río”, Hoffman aseguró que después de 90 minutos “el torrente de motivos abstractos…alcanzó un grado tal que temí ser desgarrado por un remolino de formas y colores en el que me disolvería”.

El Doctor Albert Hoffman, hoy en el 2007 tiene 101 años y es miembro del Comité del Premio Nobel.

Más información: Wade Davis “El río”

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