Sobre el fin y el consumo de energía eléctrica

El viento soplaba llevando a la lluvia en los brazos de cristal. Las noches empleadoras de antiguos sistemas de cacería habían llegado, y las mariposas clandestinas, miraban con pavor desde los aterradores capullos de infección, firmes como lomos de tiburón.

En el oscuro cuarto, el olor de tiempos pasados, de baúles abandonados, arrinconaban las testas de los insólitos cuerpos que reposaban entre las sábanas blancas, empapadas por el sudor seco del miedo. Juguetes del destino eran sus vidas, sus pasos, y sus frentes.

Cábalas de muerte, acosaban el instinto de los diminutos cerebros, aterrados ante los mechones encendidos dibujantes de lenguas de fuego. Salvajes acosadores de vidas en proceso de putrefacción, -como todo cuento en este mundo- , amenazaban a sus familias, que días antes habían  dado pasos  en tiempos de paroxismo general, de parranda colectiva. Fueron otras épocas, pero sin duda ahora el miedo no daba oportunidad a la nostalgia.

La madera atrincherada emanaba crujidos de destrucción, mientras que el piso de la empolvada alfombra peluda, soltaba gritos vituperiosos salidos desde los circuitos del alma de sus matusalenes habitantes, desesperados ante semejante tenebrosa criatura.

Las cuatro de cuartas, y los cinco de quintas, ya  en medio del apuro, se incrustaban los dientes por pura desesperación. De repente un veloz palo con cientos de patas, pasó por encima, gritando aullidos, inaudibles por la intensidad del descontrol. Las cuatro de cuartas de un salto se montaron en su espalda, y los cinco de quintas con una paridera de infarto, corrieron hasta sujetarse de las cuatro de cuartas. Construyeron un ente más flojo que pantalón de payaso. Las mariposas clandestinas observaban los saltos apurados entre la maleza de lana del camino de tierra. Observaban si, las mariposas clandestinas.

El sector, Trabajar para Olvidar, de las dichosas del orden se había desordenado. Por todos lados corrían, dejando atrás su dicha, poniendo en juego la supervivencia. El viento entraba por la ventana sin vidrio del prendido cuarto, y en dos que diez, un puñetazo había levantado al sector.

Pronto, ¡el silencio!…. Silencio de antes, de hoy, y después; de nunca, de siempre. Nada y ceguera habían entrado a la pieza, era un cóctel de ostentación y vulnerabilidad para todos aquellos que minutos antes habían sido ahuyentados por el inesperado hecho. Los apurados latidos del corazón iniciaban un coro delatador, un coro de tambores de hondo fondo. – ¡Ahora si les cae la salazón!- , musitó una mariposa clandestina para sus interiores.

La lluvia y el salvaje viento se incrementaban en los exteriores, y la niña salió tosiendo, sin apagar la luz.

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