Un kilómetro de realidad

Ese espacio de pavimento, ese kilómetro de caminata, de bulla, y perdición.

Yo observo la verdad, desde el único sitio que hay como hacerlo, desde la calle.

Malabaristas hambrientos hacen piruetas por una moneda, mientras que el viejo rechoncho en su Porche se comunica con su pana de Londres. Ya el semáforo se ha puesto en rojo, y la india del campo ofrece las mandarinas y los aplanchados para alimentar su estomaga vacío. Sigo avanzando y llego a la salida del colegio de la otra esquina. Miles de chicas con sus arcaicos uniformes chupan, uñas con lodo, labios de excitados enamorados de blue jeans y camisa abierta, y el infaltable limón con sal; al otro lado de la calle, en la pausa de la construcción del mega edificio del siglo XXI, los albañiles encuentran un espacio para reposar entre las heces de perro  del pequeño pedazo de césped, otros se dedican ha hacer lo mismo que yo hago cuando camino por aquel espacio donde todos los apurados se reúnen y nadie se conoce, otros sacan el naipe y empiezan con el campeonato de Cuarenta, las apuestas son dolorosas y fascinantes, no más de cinco monedas de 25 centavos en el centro resaltan la frustración de sus rostros, y los más felices son los que se dedican a ver pasar a las doncellas de la salida de las oficinas.

Continua la travesía, ya cuando acabo de pasar el tramo de los albañiles y las colegialas, me topo con la parada de bus. La señora amamantando a su hijo me observa; del bus que acaba de llegar se baja el payaso más triste del mundo, seguido por un cantante ciego. Miro adentro del bus y veo a millones de personas hecho sardinas en su interior, y colgado de la puerta un pecoso pelirrojo anuncia con vos de trompeta, “Suba rapidito, por la puerta de atrás, por la puerta de atrás…”, y yo sigo caminando….esquivo a un grupo de jóvenes que me miran con cara de superioridad, pero no se atreven a decir nada. DE repente llego a un cruce y una camioneta antigua y  llena de gente se estaciona alado de cinco automóviles y 4×4 último modelo, en aquellos autos solo el conductor está adentro casi siempre tomando una coca-cola  light, los de la camioneta sudan al verlo.

Sigo mi rumbo, alcanzo a ver que muy adelante mío va un chico de la universidad, en la una mano tiene su i-pod, y en la otra mano el celular, de repente un gordo y un flaco alto le agarran de sorpresa y le arranchan el celular, le botan al piso y le meten un patazo en la espalda, alado un guardia de seguridad observa sin asombro, el chico se levanta enfurecido y le suplica al guardia por ayuda, el amargado guardia le responde, ” yo no tengo nada que ver, mejor corra usted antes de que se le vayan…” el chico corre atrás de los ladrones, la gente que está en la calle, se limita a mirarle (yo también). Después de algunos minutos el chico regresa cabizbajo balbuceando que si les vuelve a ver les mete un tiro en la cabeza.

No es ni un kilómetro que he recorrido, miro los graffitis abundantes en el sector. “Verito perdóname”, “Juan Carlos hazte a un lado”, “Te voy hacer una casa en el aire: Álvaro Noboa”, “Dejad que los niños vengan a mis bananeras: Alvarito Noboa”, “Diputados fuera, gracias Correa”, entre otros miles más. Ya llegando a mí meta encuentro en medio de la calle a un grupo de protestantes gritando con un altavos a medio gas: “Cotopaxi presente”, “Fuera todos”.

Finalmente a unos pocos metros antes de llegar me encuentro con una cuadra de “Almuerzos  económicos”, son cinco restaurantes siempre cuatro están  llenos, no siempre los mismos. Ya pasando ante los ojos de los cocineros que ofrecen sus comidas, un olor a basura entra por mi nariz, pero pronto huelo a pan recién salido. Me obliga a entrar a la panadería, y compro una moncaiba recién hechita, así anulo el olor a basura. Camino unos pasos más y llego a la intersección que se dirige a mi casa. Me adentro un poco en la calle, acabo de masticar la moncaiba, cambio mi cara de seriedad a una de cansancio y trato de demostrar ternura. Estiro mi brazo y levanto mi pulgar, hay otra gente haciendo lo mismo que yo pero  busco un lugar alejado y expuesto donde me vean los conductores. Espero como media hora, un Hyundai Tucson frena enfrente mío y un señor elegante me invita a subir, abro la puerta me siento, me pongo cinturón y el señor dice: Que aburrido, ¿entonces caminas todos los días por la misma calle…?

Agotado llego a mi casa sin saber por qué.

!Oh Calle, siempre serás la maestra de la realidad social, y nunca dictarás la misma lección¡

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