Confesiones B13934

Apreté dos veces el timbre y enseguida supe que me iba a quedar. Todo había pasado por culpa de las mariposas, sin ellas aquel frustrante sonido jamás hubiera sonado, aquella mueca insoportablemente miedosa nunca hubiese existido. Tong tong, quien diría que me comería desde la cabeza hasta la mismísima garganta de mi cuerpo de conejo.

Las mariposas, sí, las feroces mariposas. Digamos que hacía sol y el campo verde de la Magdalena, cerro de cénit  alto en los alrededores de Calacuy,  pueblo  en el que durante toda la vida he habitado;  resplandecía entre el fondo de la calle de piedra con dirección a oriente, que por el agujero de luz del aposento de piltra de paja, en el cual acostumbro a dormir;  aquella mañana mojada, una mariposa  del color de la rosa se introdujo lentamente hasta finalmente, postrarse entre mis ojos y con sus colmillos de marfil, susurrarme a la boca un secreto terrorífico;  tan impactante, que no sé si fue que la leña me quemó los pies o el viento me tendió una trampa, pero de lo que estoy seguro es que, caí al cielo y minutos después me desperté acobijado por una oscuridad cegadora.

El techo se encontraba frío y el piso muy alto para alcanzarlo, puede que haya sido al revés , pero qué más da, siendo todo negro, ni arriba ni adelante, simplemente, ahí.  Movía las piernas para algún lugar pero  era como si me hubiese olvidado de caminar.

Al principio escuchaba mis gritos de desesperación pero al pasar del silencioso tiempo, ya la bulla dejó de sonar y fue entonces cuando de repente entre tanta desesperación,  una melodía de cartas comenzaba a silbar sus ondas en el fondo de la nada. Podría decir que era un Si modesto, o un La caprichoso,  o tal vez un Do burlesco, pero bueno, después de escuchar por algunos fragmentos de tiempo comencé a notar que, aquella sinfonía que divisiones de tiempo atrás me habían parecido tan deliciosas como el espesor del humo blanco, ahora se entendía que no era más que una simple monofonía destinada al entrenamiento básico para formar orates. Pues, en efecto, conmigo estaba funcionando.

Sirviente del viento, arisco y petrolero. Sirviente del viento, arisco y ovejero. No supe porque pero las frases susodichas entraron en mi cerebro y eran como un aditivo para el sonido grave que taladraba mi tímpano derecho, porque el izquierdo estaba tapado. Entonces con un golpe de ajedrez pensé en la Magdalena y la calle de piedra, y me acordé del secreto de la mariposa. Aquel susurro misterioso.

Sirviente del viento, arisco y petrolero… ¿cómo?, pues no lo sé, ya la masa encefálica me daba vueltas y las tundas de trapiche vacíos comenzaron a sonar. Máquinas cubiertas por óxido, por abejas y mieles de caña. La oscuridad seguía y el delirio maduraba.

Hay, las mariposas de ensueño volaban y solo a ellas alcancé a diferenciar entre la ceguera. Violentas y fugaces, escondidas entre el negro del lugar. Pronto, el sonido monofónico se hizo más fuerte y más fuerte, era como si un terremoto se aproximaba y uno se lo podía imaginar llegando desde algún lugar del vacío.Primero fue una, después dos, y tres y diez y de repente una nube rosa pintaba el negro desde el horizonte hasta mis pupilas dilatadas. Era como una luz asesina, tan fuerte que me hizo levantar un vuelo extraño; sin poder ver ni sentir, solo supe que alas brotaron de mis manos y me llevaban al encuentro con la mancha rosa.

Enseguida me encontré rodeado de miles de mariposas con ojos terroríficos que escudriñaban los míos, y entre todas ellas salió una, la más grande, y el nivel de sorpresa  fue enorme  cuando efectuó un grito horroroso y un aspaviento de espanto.

Sin sentimientos, llegué a sentir miedo…

Entonces en acto seguido, compareció cabizbaja de entre los ojos acosadores una pequeña y peluda, que de su cuello colgaba un letrero que decía en el idioma de las liebres: ‘ovejero’, pues mi hora de timbrar había llegado.El botón lo tenía entre sus dos antenas. Se acercó. Uno, dos, y los colmillos de marfil rompieron mis ojos.

No hubo dolor ni sorpresa, solo escuchaba la monofonía y mi cerebro seguía repitiendo: Sirviente del viento, arisco y ovejero…

La luz volvió y la Magdalena de Calacuy ya no resplandecía por el sol. Era rosa y el viento estaba desosegado cuando por encima de la calle de pasto vi la ventana de mi casa.Yo volaba.

3 comentarios
  1. gabriel perez dijo:

    muchas veces no se sabe que esperar de este mundo hermoso y muchas veces no sabemos interpretarlo, jugamos con los sentimientos hasta encontrarnos…

  2. Isidro Josè dijo:

    Gabri, sí, nos encontramos con un mundo diferente, en el cual no todo está establecido, como supuestamente se te enseña. A ser parte de una época más de la historia del mundo…Edad media, Industrialización; ahora vivimos en el fruto de todo un proceso, pero, ¿por qué no romper esos esquemas?, o que?….. tanta basura vacía….

  3. gabriel perez dijo:

    si!!
    los esquemas que han sido rotos son los que han dado a la historia de este mundo una razón de seguir!
    no por nada existe sheep de pink floyd, somos ovejitas ? jeje muchas veces si!!!

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