Anarquía en Transmilenio

Eran las 7 de la noche en la ciudad de Bogotá cuando en la estación norte (Portal Norte) del sistema más moderno de la susodicha ciudad, llamado Transmilenio, un acontecimiento poco común aconteció,  perdón por el redundón.

Digamos que en plena hora pico cuando buses cargados de gente vienen y van, de lado a lado; la aglomeración de humanos se volvía muy incómoda, no había como ni caminar, sin embargo aquella noche a parte de eso algo más insólito y emocionante estaba a punto de suceder. 

El joven mochilero se bajó del alimentador dispuesto a tomar el bus que lo llevaría al centro de Bogotá. Los grandes andenes estaban rebosantes de gente caminante, silenciosos, transitorios. Habían seis ventanillas en la parte norte de la estación , no obstante solo dos estaban abiertas. El sudor de las vendedoras y las eternas filas de más de cuarenta personas hicieron pensar al mochilero que sería una noche extraña.

Después de diez munutos de fila para poder comprar una tarjeta azul con el sello de Transmilenio que diez pasos más adelante se tragaría una máquina controladora, cayó en la cuenta de que era demasiada gente la que ahí había.

Las máquinas se habían dañado, los policias se algutinaban al otro lado y la gente empezaba a pereder la cabeza. Se escuchaba el jadeo de los pasajeros frustrados. Del lado de los policias había un tipo de lentes que con su cara de desesperación trataba de calmar la situación; pero del lado de la fuerza mayoritaria que cada vez crecía más, la paciencia se estaba termiando.

Entre la multitud había un señor con traje gris, corbata roja y maletín de cuero. Caminaba de lado a lado, el sudor hacía brillar su frente. Entonces sacó un pañuelo blanco se limpió la cara y alzando la mirada blabuceó tres palabras sutiles; pero después de algunos segundos se dirigió hacia la barrera entre el pueblo y los policias y esta vez ya no habló en voz baja, sino emanó un grito de libertad, y de inspiración. -¡Anarquía en Transmilenio!- y de un saltó pasó por encima de las máquinas hasta estar parado frente a la fuerza pública.

La gente no se quedó atrás, pronto se escucharon los gritos de mujeres desesperadas, y de policias golpeados. Se había desatado el caos. Fue entonces cuando el joven mochilero, siempre tan ácrata, tan anacoreta  y soñador aprovechó aquella oportunidad que tanto había anhelado: soltó su pesada mochila y en menos de dos segundos se desnudó hasta quedar en traje de Adán. Empezó a correr por entre la gente, gritando algo que nadie pudo entender, pero que produjo asco.

Fueron cinco minutos por reloj. La gente dejó de romper los vidrios, de pegar a los policias, de robar carteras de mujeres y volantes de buses, en fin, dejaron de hacer todo lo que estaban haciendo.

Un último grito del  pobre desnudo emocionado. El silencio completo. Y entonces no sé que fue lo que pasó pero nunca antes había escuchado semejante carcajada colectiva. La gente esa noche murió de risa y el torpe europeo murió de tristeza.

2 comentarios
  1. María del Carmen dijo:

    super chivo! me ha gustado bastante, te vas definiendo!

  2. Anónimo dijo:

    es el primero de varios pero…
    bien, lo haces brother.

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