Adán y Eva (Nueva edición)

I Al principio…

Mi padre observaba con tristeza al mundo y se dio cuenta que algo faltaba. Pensó durante días enteros, qué podría ser. Tal vez, un nuevo elemento básico. Uno que brille en la oscuridad y si se lo ingiere permita volar a todo ser vivo que no tenga alas. Eso es, dijo. Será azul y psicodélico, y sólo se lo encontrará en un lugar del planeta, en una cueva de la Amazonía, la cueva de los Tayos. Entonces mi padre se levantó y lo inventó. Al lanzarlo al mundo gritó tan fuerte que todos los animales empezaron a correr del miedo. Sin embargo, pasaron algunas semanas y se acostumbró a su presencia,  además nadie lo encontraba, entonces se sentó otra vez.

Miraba a un león cazar su presa cuando se la avecinó una nueva idea. Sonrió y dejó de un salto la mecedora. Sacó sus instrumentos de manufactura y tras cincuenta largas noches de experimentos fallidos, finalmente, con mucho cuidado colocó el último ingrediente de su nueva idea.  Ante sus ojos creció una planta con colmillos. Al introducir el dedo sobre ella, ésta le mordió. Gritó de alegría y en ese mismo instante sembró miles de ellas cerca de las regiones tropicales de su mundo. Y observó. Las plantas crecieron, unas más grandes que otras, pero todas comían insectos y hasta ratas. Estaba orgulloso de su invento, sin embargo, pasaron algunas semanas y se dio cuenta que la planta se volvía aburrida, era demasiado predecible como casi todo en su mundo perfecto. Entonces deprimido se volvió a sentar. Se imaginó una nueva luna o más estrellas, o monos con alas, o volcanes de agua y arcoíris de arena, pero nada cambiaría la rutina de la naturaleza que había creado.  Finalmente, mi padre entró en depresión y aunque sabía que nada cambiaría, trató de inventar un nuevo animal, una bestia incontrolable. Apenas empezó a moldearlo sin tener ningún boceto de cómo sería, de pronto se miró las manos y una escalofriante idea le invadió la cabeza. Destrocémoslo, se dijo a sí mismo, y comenzó a reír para sus adentros. Tal fue su emoción que empezó a brincar en círculos durante horas. Jamás se volvería a aburrir. Había encontrado la solución, al fin. Se miró al espejo y talló las primeras bases de su nuevo proyecto. Dos años después lo concibió. Me inventó a mí. Y así obtuvo el toque final a su bola de lodo.

Nací del polvo, y crecí en un lugar que muchos años después los hijos de los hijos de mis hijos y más allá, lo recordarían como el paraíso. En realidad, era hermoso, pero, eso sí, bastante duro de sobrevivir. Había selvas, montañas, y playas. Había lluvia, sol, y viento. En primavera, flores,  en invierno, nieve. Era hermoso, pero insisto, difícil.

Durante la infancia se puede decir que tuve todo lo que un hombre podría llegar a querer, sin embargo, un poco entrado en edad empecé a poner nombres a las cosas y vi que había dos osos, dos tiburones, dos perros, dos de todo. Y yo, estaba solo entre animales desconocidos a mi comunicación, entonces se me cayó un hueso y en una mañana de sol sucedió.

¿Mi costilla creó eso?- pensé en el instante que la vi caminar por la loma de enfrente-. Ni siquiera tuve que dedicarle una serenata  para que me dejara besarla. Se acercó y susurrándome al oído me dijo “solo somos dos y tenemos todo el tiempo del mundo, así que por qué no empezamos la fiesta”.

Fue la época más hermosa de mi vida. Desnudos corríamos por los verdes campos del paraíso, hacíamos el amor en las cumbres, en el mar, y los ríos, ella me decía Adán y  a ella yo la llamaba Eva.

Mientras tanto, mi padre nos observaba dichoso desde su mecedora.

-Pongámosle un poquito de salsa- gritó emocionado.

Era un martes al alba cuando Eva apareció con los cachetes curtiditos y dijo  “lindo, muerda”. Lo que me dio miedo no fue aquel fruto precioso, sino el lago de serpientes sobre el que ella estaba parada.  No puedo negarlo que aquel día Eva parecía un ángel, y por eso llegué hasta donde estaba. Pero apenas di el mordisco me desmayé de éxtasis y al despertar me encontré solo y asustado, entre una aburrida naturaleza.

Al ocaso de ese mismo día la vi otra vez,  su figurita era de ensueño, con el cabello recogido y una minifalda de buganvillas. Sus ojos un tanto indiferentes me provocaron más que nunca,  pero al acercarme me sorprendió poniéndome la mano en el pecho. Y con una mueca insoportable dijo  “¿qué te has creído niño, crees que soy así de fácil?”.

No lo podía creer, estaba ardiente, eso hizo que sintiera más ganas de poseerla. Ante el incesante deseo de tenerla conocí a lo que más tarde se le bautizaría como cortejo.  Probé con las rosas, las violetas, con el agua de vertiente y los arcoíris de abril, pero nada le gustaba. Entré en desesperación. Corté una caña e hice un mojito, maté un cordero, construí una cama, una casa, hice fuego, y le preparé una cena, la primera de todas.  Del cordero salió un lomo fino, de la casa un hotel, y de la cama, una fiesta. Le dije, Eva, pequeño,  déjate de tonterías, hermosa, y ven conmigo. Y ella cedió.

Pero todo lo bueno lleva consigo algo malo, entonces nacieron mis hijos.

II Los hijos

Mi reflejo en el vado de los ríos me hace recordar a Caín. No por el parecido físico, sino por el tinte blanco que echó a mi cabeza todas la veces que lo encontré fumando maracachafa sobre los muros del parque Limbo, junto a sus amigotes, Belcebú y Antonio.

Pero hasta eso lo aguanté, sin embargo, a él no le bastó porque años después, perdió la cabeza por completo.

Fueron escasas las veces que no llegaba borracho, drogado, e insultaba a su hermano, siempre en medio de los dos oficiales vestidos de blanco. Ahí entendí que aquella manzana trajo más que ron, aguardiente y una cama con colchón ortopédico.

Por su parte, el pequeño Abel fue ingenuo y muy querido. Siempre le gustó atendernos. Nos preparaba el desayuno, nos hacía batidos con las frutas del cielo, y hasta inocentes pasteles de manzana prohibida; pero la vida tenía sus planes para el taciturno Abel. Hay, cómo le quise a ese muchacho.

Fue en una de las madrugadas infernales cuando entre luces y ráfagas de arena asomó Caín con una nueve milímetros en el cinto y una botella vacía. Traía consigo a la envidia sujetada de la mano izquierda obligándole, según alegó en su juicio final, a disparar diez tiros y despedazar a su hermano “por ser nieto del juez”. Ese día mis dos hijos desaparecieron, y aunque a los dos los quise por igual, hasta ahora no sé si de verdad logré perdonar a Caín.

Desde entonces, las cosas fueron de mal en peor, por eso un domingo después de la misa de réquiem, desesperado al ver las lágrimas verdes-amargas caer por su rostro de niña, le dije “Eva, querida, vámonos para el Japón”, no respondió, pero  a la semana siguiente sin decir nada a nadie, ni a mi primo el Naza, nos embarcamos en un buque donde solo se admitían parejas y su capitán, un viejo delirante que comía pescado crudo, juraba que su barco era un arca en medio de un diluvio.

III La trágica historia de Adán y Eva

Hacía frío cuando llegamos al Asia y los nipones nos sorprendieron escudriñándonos de pies a cabeza, inclusive los niños. Al cabo de los días entendí que sus ojos eran así por naturaleza.

A Eva le pasó el sollozo y la razón también. Se dedicó a tejer en una mecedora con vista al mar. Tejía manteles y suéteres azules, “son para los mirlos “, decía. Según ella, los veía todas las noches.  Yo sentí que la había perdido. Una vez me pregunto si conocía a Abel, su hijo bonito.

Llevábamos años viviendo en el apartamento setecientos sesenta y seis.  El de abajo era de Viviana, una bella de España que cantaba pasodoble. Una noche de tristeza, al son de sus castañuelas se me acercó despacio y sin decir nada me agarró del cuello para llevarme a su cama. No puse ninguna resistencia.

Cuando subí al séptimo, mi Eva ya no se mecía y  un pedazo de lana a medio andar reposaba en el suelo. No necesité verificar que había muerto, el silencio y el frío lo confesaron.

El séptimo cambió de nombre y Viviana desapareció. Yo me quedé con el recuerdo de Eva, Abel, de un hijo asesino y un padre inventor. Añoré mi infancia y hasta me pregunté si el mundo hubiera estado mejor sin mí.

Ahora que estoy viejo, dicen que mi nombre es Adán y que soy el primero, pero no me importa ya nada, porque desde la ventana que se ve el mar, meciéndome a barlovento, me dedico a contar historias de de guitarras podridas a los pájaros que mi Eva olvidó el día en que junto a la del seis la maté.

2 comentarios
  1. teomonsalve dijo:

    Una bestia hermano para arriba!!

  2. mili dijo:

    geenial chivo, te quiero y extraño muchisimo

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