Hojas y cuadernos trastornados

Dominar el arte significa usar la libertad dentro de sus normas destructibles.

De la eliminación de las impresoras, artefaco monstruoso

No hay nada más rico que escribir a mano. Tomar una hoja en blanco, un bolígrafo de tinta negra y  garabatear palabras  con algunos dibujitos a los costados. Luego tachar una frase mal escrita o alguna palabra colada. Y así sigues, juegas con ese espacio mágico que te regaló un árbol. Hasta que llegas a un punto en que miras desde una perspectiva más alejada y no solo están tus apuntes, además lo tienes adornado con la energía que utilizaste para pensar en la siguiente frase que se escribió: aquellas sombras en las letras o una línea ondulada que curza el margen superior y se asemeja al viento.

Dejenme decirles que una computadora jamás te regalaría semejante gratitud al vomitarte el mismo trabajo pero impreso con las normas básicas de presentación para facultades universitarias y bla bla bla… , sin embargo, de extraña manera logro comprenderles: con ese sistema los humanos nos entendemos mejor. Pero lamentablemente esta comprensión abstrae parte del espíritu aventurero que necesita el artista para ser único entre los miles de millones de seres humanos que habitan en el planeta.

Cuadernos trastornados

Por motivos de educación superior tecnológica, yo, próximamente Técnico Chivo de la República del Ecuador, me enrogullesco de tener un cuaderno trastornado. El instrumento empezó con  cien hojas a cuadros aplastadas entre dos caratulas desgraciadas.  Un anillo de alambre recubierto con una corteza de plástico negro que les unía entre sí, caratulas con hojas, hojas con caratulas. Era un cuaderno.

Por principios normativos de las sociedades occidentales, el anillado se encuentra al costado izquierdo. Lógicamente si escribimos por naturaleza de izquierda a derecha, el cuaderno debe funcionar para que vaya de izquierda a derecha, para transitar en él de forma ordenada. La primera línea comienza en la esquina superior izquierda de cada hoja. La última termina en la inferior derecha. Y así seguimos, una tras otra. Y tomas nota en la clase de matemáticas y luego en la de administración, no te interesa entender demasiado de lo que pasa en dichos oficios, miras al profesor, miras la pared, comienzas a pensar en algo que nada tiene que ver con la materia de la lección académica. Y de pronto, como un rayo,  te llega el primer golpe de inspiración de un personaje para un cuento: El hombre está por graduarse del colegio para electricistas, pero antes debe pasar su última prueba, reparar un transformador. En el sector de La Mariscal hay tres cuadras que están sin electricidad desde el día anterior. Los agentes de comunicación de la Empresa Electrica han reconocido los números de teléfono de las casas afectadas, ya van doce horas sin contestar las llamadas.

– Fulton, mijo, debe ir a reparar  tres transformadores-

-Listo don Ladrillo…

– Tenga cuidado, mijo, la gente está furiosa.

Lo tengo  en la cabeza, pero el profesor de repente nota mi distracción y me hace una pregunta que no entiendo.

– Don´t know- le respondo y por fortuna uno de los compañeros a los que sí les interesa aprender de administración para su futura empresa, se me adelanta y responde algo sobre un método de hacer un cash flow eficiente. Me salvé.  Regreso al cuaderno y me traslado a la última página  para escribir el cuento porque sino se me olvida. Escribo, y descifro las palabras adecuadas mientras dibujo líneas anchas y líneas delagas al costado de la hoja. Hasta que empiezo a fluir, y lo hago sin parar. Es la liberación completa del alma, no tiene frenos, placer, placeeeeeeeer… pero llego a la siguiente página y mi naturaleza me dice, es la última del cuaderno.  No me va a alcanzar el espacio,  decido utilizar la penúltima, la de la izquierda, pero no logro empezar a escribir de nuevo, entonces dibujo círculos chiquitos y otros más grandes hasta que se en mi coco se crea otro pedazo de cuento. Y así llego a la antepenúltima y luego otra más, pero mi cerebro no se acostumbra a andar de derecha a izquierda, sin embargo,  continúo, es más desafiante que la aburrida izquierda-derecha.

Un mes después el lado derecho empieza a tener más hojas llenas. Cuando trato de leer esa parte  me doy cuenta que me cuesta andar de espaldas. El orden regular del instrumento  ha sido invertido, oditrevni. Paso la página y  leo que el wanabe– electricista llora porque que tres mujeres obesas le arrean hasta una esquina oscura con una cuchara de palo en cada mano, sin enterarte que ellas son las dueñas de una casa con uno de los transformadores quemados, pues esa información estaba a la derecha. En ese momento comprendo la rebelión de las hojas. Están trastornadas. Son bellas en su libertad. Pero eso no me sirve de mucho.

Esta mañana las arranqué. A la primera la asenté boca abajo sobre la madera de mi escritorio, a la segunda encima de la primera, y la tercera de la segunda…hasta que se formó un condumio de hojas sueltas sobre un escritorio. Las voltee y las pasé una por una. El orden había regresado a la naturalidad con un toque de textura a los costados por motivos del arrancamiento del anillo, pero si de verdad lo que querían era rebelarse, podían hacerlo en cualquier segundo. No tenían ninguna atadura que las contuviera de volar o de darse la vuelta.  Pero no lo hicieron. Son mis hojas trastornadas.

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