Percepciones parcializadas “Mira lo que hiciste” (un cuento)


-!Qué fuiste a hacer, animal!- me grita la Muñoz cuando llego a casa. Y yo que no tengo ni idea de qué me habla, de repente, me llega severo guaracazo en la nuca. Entonces me caigo de lado, después me zarandeo para el otro y así, justito antes de que me vaya de nariz, me levanto y  logro ganar otra vez el equilibrio ¿Y ahora, qué mierdas le pasa a ésta?, pienso, y la señora ni siquiera me deja hablar porque apenas abro la boca, juataz! me mete un chirlazo con el anillo de rubí, virado.  Ahí sí me voy de oreja pues. Fiera. Animal. Me toco la cara, sangra. Arde. Entonces aplico mi expresión de susto y con un sutil movimiento estiro la mano manchada para que vea el producto de su furia.

Voy a ser sincero, porque uno de los valores más importantes que me inculcaron mi señor y señora madre fue el de la honestidad, aunque luego descubrí que se mentían más que dos imanes, pero en fin,  si un segundo atrás de todo el suceso alguien me preguntaba ¿qué pasa?, habría respondido, no sé, pero necesito ayuda porque esta me mata. Pensé que finalmente la señora había perdido la razón.

Por fortuna, se calma. Se mira el dedo, suspira, limpia el anillo con un kleenex y lo coloca en la posición original. Luego empieza a llorar o al menos eso me hace creer. Utiliza el dedo meñique para secarse los lagrimales. Dudo de la veracidad del llanto pero inexplicablemente me provoca abrazarla, sin embargo, algo me dice que mejor me contenga, y hago caso. Entonces observo como abre el primer cajón del velador y mientras rebusca asoman unos ligeros saltos en su pecho que me cuentan sobre el fin del llanto, y al ver eso, de repente, me entran ganas de llorar a mí también, porque ella sabe que me es casi imposible controlarme ante sus espasmos de sollozo. Sin embargo, como un reflejo se me viene a la cabeza el terrible segundo curso de la secundaria  y me lo trago todo. La señora saca del cajón el pañuelo blanco con bordados de margaritas, su preferido.

-Ven, te limpio- me ordena.

Y aquí nos toca movernos un poco hacia el pasado.

Paréntesis:  Enero pasado

La señora había dejado el pañuelo sobre mi lado de la cama, y como era enero y en ese mes toca utilizar forro de plumón blanco, el pañuelo se camufló  y me senté encima.

– Oye, lo aplastaste, estaba recién planchadito- dijo sin quitar la vista de la televisión.

Por lo tanto, extraje el ordinario pañuelo de debajo de mis nalgas. Me  contuve de expresarle mi opinión para evitar líos y lo doblé al mejor estilo de los meseros. Ella no me volvió a mirar hasta que llegaron las pautas comerciales.

– La próxima vez, mira bien en donde te acuestas, es mi pañuelo preferido – dijo con la arrogancia de las ocho, mientras acariciaba el pedazo de tela sobre su regazo.

– ¿No era el azul tu preferido?- repliqué con la misma fórmula.

– No, es este, el blanco, el más bonito- y le dio un beso, apagó la tele, la lámpara y se durmió.

De vuelta al presente

Y ese es el mismo pañuelo, el blanco, el más bonito, con el que pretende limpiarme el rasguño de mi cara. Le clavo la mirada con intención de recordarle el evento de enero pasado. Levanto las cejas, practico mi expresión de , oye, vas a ensuciar tu pañuelo preferido con el rojo inamovible de mi sangre.

-¿Qué me ves con esa cara de mudo?- dice y sin remordimientos me lo frota en la cara y pinta carmesí a las margaritas del filo superior.

Se le olvidó. Me estreso un poco. No entiendo a esta mujer. Pero al menos está calmada y me cura la herida. Eso es bueno. Trato de olvidarme y le miro la boca.  Su respiración me provoca, tan cercana a mi,  huelo su aroma natural, aquel licor escondido bajo su perfume, el que tanto me gusta, que enciende el calor bajo mi cinturón de cuero.  Entonces la acaricio. La piel suave y tibia, la rozo con las yemas de mis dedos. Ella cierra los ojos y levanta la cara hacia el tumbado. Respira pausadamente, una vez, otra, sí, vamos bien, hasta que, error, como un disparo me agarra de la muñeca y me la asienta agresivamente sobre mi entrepierna.

– Mi pañuelo- dice histérica-  mi pañuelo, el preferido, mira lo que hiciste , tú y tu sangre sucia, mira.

Entonces explota algo silencioso en mi pecho que sube lentamente hacia la cabeza. Y me harto de las sonrisas y el silencio y miro las putas violetas que le regalé en el cumpleaños. Me dan ganas de morderlas frente a ella para hacerlas pedazos, como una bestia neandertal. Quiero saltar y gritar, porque el amor no existió nunca. Tu y tu puto pañuelo preferido, porqué mejor no me quemas la piel de una vez  y te puedes quedar con todo lo que te de la gana, hasta con las astillas del piso, sí hasta con esas putas astillas. Debí hacerle caso al Freddy, porque nada existió,  todo falso, pero esta vez no me voy  a encerrar en el baño a darme contra las paredes, te equivocas mujer, esta vez, esta vez, esta vez es la última, porque me voy. Y me vale un pepino la soledad, me voy. Y cuidado con esa mano, ahora me toca defenderme de tus groserías callejeras, seguro que aprendiste de tu prima la Ramona, gorda punkera, o de tu tía, la Charo, esa que no sabe ni pronunciar bien ni mi nombre. Que dile al Liego que te compre una mejor camisa, que mejor cásate rápido para que tengas las mañanas libres y te hagas socia del Castillo. Y yo bien huevón que me dejo engañar por tus nalgas bien paradas y tu juego de comedor alineado. Quédate quieta carajo, que me importa una mierda tu pañuelo preferido, lo compraste en la tienda de la Venezuela, si quieres voy mañana y te traigo veinte más. Quieta. Ya me golpeaste otra vez, yayau,  gata, chita. Deberían meterte en un circo, o escribir un cuento a cerca de la bruja que jode hasta el piso por el que camina. Esa eres tú.

Alguien llora. El niño. Lo despertaste de nuevo.

-Firulo se orinó debajo de mi cama- se escucha de repente la voz de Adrianito. Y ahí está en el umbral de la puerta, con las burbujas de mocos inflándose en la nariz y el perro al lado, moviendo la cola.

Nos mira. Ella con sus rodillas sobre mis antebrazos, encima mío. Entonces nos levantamos como si nada hubiera pasado y lo miramos.  Suenan nuestras respiraciones y la burbuja de mocos de Adrianito revienta.

– ¿Puedo dormir con ustedes?- dice mientras se acerca más hacia nosotros.

La Muñoz recoge el pañuelo manchado del piso y con la parte que aún está blanca se limpia la sangre del pecho. Me mira, guiña el ojo y sonríe.

– Claro mi amor, ven- le dice a Adrianito y luego me mira a mí- papi, hazte a un lado para que entre.

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