Disculpa, una pena

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Llevo una pena que no sé explicar,  peor resolver. Quiero reparar el daño mental, y dejar de sentir ese apretón de estómago que me acontece cada hora, estando solo, y aun en compañía.

 Tengo una ansiedad por descifrar la vida, por entender cómo se la vive, acaso, si hay un manual o una guía para comprenderla. Quizá he creado un mundo dentro de mi cabeza, el cuál, lo controla todo.

 Dicen que todo está ahí arriba, que se trata de no prestarle atención y solo dejarse llevar por una corriente que tarde o temprano te dejará en  algún destino. Pero, al parecer, mi error reside en haber frenado la corriente durante un momento para dudar de absolutamente todo.

 Díganme existencialista, si ese es el nombre por el que se conoce a los que hemos dejado de estar en el mundo físico. Y debo subrayar con mucho cuidado que no es mi intención hacerlo, pero por mucho que trate de regresar a la maravillosa vida que llevan los humanos a mi alrededor, no alcanzo, sino a observarla, incluso, de vez en cuando, aporto con uno u otro comentario inútil e inadvertido. No niego que sonrío, pero es un sonrisa producida al contemplar la magia natural que posee el humano y su gran sentido de humor y socialización. En lo más profundo, sin embargo, sé que todo eso se trata de una pretensión involuntaria, de una observación, porque lamentablemente, en el fondo, aunque he tratado de demostrarme lo contrario, mi constante avidez reafirma que no pertenezco a ningún lugar.

Triste y hasta repugnante pueden sonar mis palabras, pero no obligo a nadie a que las lea. Se trata de un desahogo, de una suerte redención, en la que finalmente me rindo.

 He tratado de explicárselo a mis amigos, aquellos que están más cercanos a mí, quienes por alguna extraña razón continúan estimando mi compañía y mi persona. Estimando a un ente que rueda por el mundo, que quiere hallar una respuesta, pero no sabe cómo.

 Conocidos me preguntan que por qué estoy con esa cara de cansancio. Y en realidad, no se han dado cuenta que al saludarlos gesticulé mi mejor sonrisa. Y es que la pena que llevo adentro es enorme, es una incomprensión de la vida, un egoísmo juzgable ante los ojos del mundo, porque no he de negar que mucha gente como mi familia, mis hermanos, y mis amigos más cercanos me han extendido su gentileza, y a cambio, les he devuelto el silencio. Un silencio agónico, que oculta un espíritu apagado. De vez en cuando regresa a mí la ilusión de la tranquilidad y la felicidad, incluso, debo confesar que ha habido meses o semanas enteras en que me he creído una persona normal. Pero siempre, tarde o temprano, regresa el apagón. Regresa la soledad. Y en mitad de un bar repleto de buena música y gente alegre me sorprendo apoyado a la barra, completamente solo.

No pretendo atraer la compasión de nadie, ni pintarme como la víctima de la escena. Es más, detesto aquellas personas que se dicen víctimas del mundo. Por el contrario, mi intensión es reafirmar mi condición de extraño, de hombre arisco, que como muchos lobos esteparios, caminan por el planeta, ocultos detrás del cuerpo que habitan.

Quizás, mi intensión más oculta con estas letras es liberar los demonios, y con ello pretender sentirme un poco más libre, incluso, por reivindicar esta condición de ermitaño, tal vez, mañana, sintiéndome un poco más seguro de lo que soy, pueda sonreír, y hasta olvidarme de la pena, aquella que me hace sentir ese apretón doloroso en el estómago que me acontece cada hora, estando solo, y aún en compañía.

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