Con ceridad o sin ceridad

Sincero  o concero, da lo mismo. Según las profundidades de la lógica cerebral y sin tomar en cuenta las posibles raíces de la palabra que consta en el diccionario con ese significado que hace honor a la verdad,  y a pesar que la segunda palabra es una mera especulación intuitiva pero de cierto modo valiosa, por lo tanto, en honor a ello, al diccionario y a la especulación, decido que cualquiera de las dos existe y sirve. Pero en consecuencia de una educación establecida por la antigüedad y su honor a conservar los principios y valores que alguna vez rigieron en la raza humana, o sea, para mantenerme dentro de esas normas ortodoxas he decidido dejar de lado- por este día -a la conceridad y aplicar la trillada, llena de clichés, pero difícil de alcanzar, sinceridad.

Y si alguna vez dije que en la palabra hablada yo fallaba, era cierto y lo sigue siendo.  Puede que por motivos de lentitud cerebral del instante, falta de desarrollo mental inmediato, o mejor aún,  por un extraño reflejo cerebral que lo nubla todo en los momentos de mayor tensión, y solo veo negro y vacío y me convierto en un ente pasivo pero difícil de controlar. Puede que sí.

En fin, siempre he dicho que tengo tres o más yos. Y uno de ellos, él que tal vez más me gusta pero que rara vez aparece, es este, el de la escritura. Deliciosa escritura. Y para este tipo de casos es el más indicado.

No sé ni por dónde empezar con esto de la sinceridad. Es curioso como puede cambiar el rumbo de las cosas en cuestión de horas, incluso, segundos.  Generalmente eres un humano más dentro de una rutina más, que transita por el tiempo con una remota ilusión de que algo va a pasar. Algo que te haga renacer dentro de tu propio ser. Hay  humanos que esperan estos episodios con demasiada ansiedad y por eso, cuando se dan cuenta que su cabeza se elevó mucho más allá de lo que en verdad existe, desesperados, se rinden y ejercen la más grande y misteriosa transformación posible,  se quitan la vida. En mi opinión, es un ejercicio triste pero justificado. Al final,  se dan cuenta que en ella no sucede nada, absolutamente nada comparado con lo que su cabeza era capaz de reproducir como una posibilidad.

En mi caso, nunca perdí la esperanza. No voy a negar que me la imaginaba como una historia mágica llena de amores perfectos y de felicidad absoluta. Sin embargo,  no fue así. Entonces,  te adaptas y aprendes, o mejor dicho, te obligas a apreciar los detalles más sencillos. Se empieza con tomarle gusto a la monotonía de los esquemas humanos. Luego, en un mediodía infernal dentro del carro atrancado en el tráfico, de pronto, te sorprendes a ti mismo riendo. Y no dura mucho, pero es ese absurdo segundo el que vale la pena.

Pero hoy, todo eso cambió.

Sucedió lo imposible. Y por eso escribo otra vez, porque esto no debería quedar abandonado en mi memoria. Y creo fielmente que todos los humanos tienen que saberlo. Mi temor, es que esta historia nunca llegue a los ojos de la gente, que estas hojas queden atrapadas en el mundo desde el que escribo, del cual no estoy seguro si es el mismo en que esta mañana desperté. En fin, el tiempo está de enemigo, por lo que me urge relatarles lo que me sucedió en este día.

El instinto me lleva a tomar un atajo que aprendí en la niñez, un desolado camino que baja por un cañón cubierto de cactáceos celestes. Manejo por esta vía con la distracción habitual que sufren los que terminan su jornada. El sol está a pocos minutos de esconderse dejando un rastro naranja en las nubes del occidente. Algunos carros  circulan a lo lejos, los veo en el rectángulo que proyecta el retrovisor. Y en ese momento siento una congoja borrosa, cierta añoranza de la que no descifro las raíces. Y en ese momento llego al puente y la veo. Es una muchacha al costado de la vía que mira al cielo, como si quisiera alcanzar algo. La chica, sin notar mi presencia, continua con sus ojos clavados en el cielo. Distingo un punto blanco sobre su cabeza. Aparte de la belleza de la chica, hay un hálito sombrío que me cautiva, que paraliza los latidos de mi corazón, o al menos eso creo y me dejo llevar. Hasta que me invade un sonido estridente que se agudiza y se vuelve más fuerte, y como si despertara de pronto, miro por el retrovisor y una larga fila de automóviles usan sus bocinas en mi contra. Pero lo que más me perturba es que vuelvo a ver donde se encontraba la chica. No hay rastro de su presencia. Y un poco confuso, pero emocionado vuelvo a mi casa, y la fragilidad que ejercen las distracciones mundanas, me hacen olvidarme del evento transcurrido horas antes.

Sin embargo, hay un instante antes de concebir el sueño cuando la consciencia se vuelve una sola con la energía que gobierna el cuerpo. En ese momento aparece de nuevo la chica. Esta vez la veo nítidamente, con esa carita bella, pero perdida en el vicioso vuelo de la mariposa, porque ahora estoy seguro que aquel punto blanco sobre su cabeza es una mariposa.

Quieren seguir su rumbo, pero una atracción no las deja partir. Están atrapadas. Y de pronto yo también entro a su mundo, no puedo dejar de verlas, los pitos de los carros se apagan hasta que se implanta el silencio. La muchacha, con sus ojos fijos, la mariposa blanca sobre su cabeza. El cielo naranja. El silencio. Mi respiración apaciguada. Y mi cerebro prisionero de aquella imagen nítida. Aquella piel pecosa y su cabello recogido. Y el olor. Huelo una fragancia inmaculada que trae al frío consigo. El cielo empieza a oscurecer, y la mariposa deja caer su vuelo delicadamente hasta pararse en la mano de la chica y ella la levanta a la altura de sus ojos. El aire se vuelve helado. Y no puedo quitar mis ojos de los suyos, que de pronto me ven y me hielan la garganta. La chica se me acerca con la mariposa en su mano. Clara, se llama Clara. No sé como lo sé, pero ese es su nombre, Clara. Y entonces me invade el miedo y mis manos comienzan a temblar.  Todos los recuerdos de la Herradura regresan a mi vida de un solo golpe. Clara abre la puerta del carro y se sienta a mi lado.

– Vámonos de aquí- dice tranquilamente.  Sus ojos están clavados en la mariposa que ahora camina por su antebrazo.

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