Las consecuencias de no medir las consecuencias No.1

– Es que tú hijo no mide las consecuencias- le reclama la tía Margarita a mi mamá.

Lo que pasa es que un día de vacaciones, aburridos com mis primos contemporáneos, con mis verdaderos cuates, decidimos hacer algo que nos despierte la adrenalina, aunque claro, en esos años pueriles apenas podíamos pronunciar la palabra adrenalina. Pero no hay duda de que ya la habíamos probado, y nos encantó, bueno, me encantó.

Así que ahí estábamos los tres primates, recorriendo la casa ajena, subiendo a la sala del segundo piso, y luego al altillo, donde estaba el cuarto de huéspedes. Y sentados sobre la cama, unos, y  otro,  yo, apoyado del pasamanos que apuntaba en forma de balcón a la sala del segundo piso, se me ocurre la brillante idea de saltar allá abajo, a la sala.

Por supuesto que no íbamos a pedir permiso para ejecutar semejante obra. Además, la distancia no era tan grande, así que sin pensarlo mucho me lancé  y por un momento sentí que volaba, hasta que aterricé en los suaves cojines del sofá, feliz de la vida, más bien dicho, otra vez vivo.

La alelalina, o como sea,  se había prendido al fin. Pero los dos primates restantes seguían en el altillo, mirando mi dicha. Envidiándola, pero a la vez con un terror terrible, que les hacía querer lanzarse, pero mejor no. Así que en un error menos terrible que su temor, empiezo a alentarlos a que se boten. Que se lancen.

El primero se arma de valor y ejecuta la maniobra con una pulcritud digna de ovación. Y por consiguiente, y sin necesidad del fatídico y famoso peer pressure, ahora éramos dos dichosos niños con la alelalina, o como sea, bien prendida.

Solo faltaba el tercero, el dueño de la casa. Pero su terror terrible resulta que había sido bastante más grande de lo que nuestra inmadura percepción podía distinguir. Así que en un error mucho más terrible que su terror, empiezo a alentarlo a que se bote. Que se lance.

Y se arma de valor, de mucho valor porque alza la primera pierna por encima del pasamanos, luego la segunda, y se sujeta de espaldas hacia la sala de aterrizaje.  Ya está ido, como decimos ahora, incluso, empezamos a celebrar anticipadamente nuestra generada alelalina, o como sea, pero el primate se arrepiente cuando ya había saltado y alcanza a sujetarse de lo que sería el piso del cuarto de despegue. Y ahí queda, con las piernas colgadas en el aire, situación que le provoca traicionar nuestra complicidad en aquella aventura, y por lo tanto, nuestra recién adquirida alelalina, o algo así, porque nuestro querido primate empieza a llorar muy alto, casi gritando, para que todos en la casa lo escuchen y suban a rescatarlo. Para que suba, más que nada, el terror de los terrores más terribles conocido como la tía Margarita.

Y la alelanina se va a la mierda porque la tía le llama a mi mamá a que me recoja inmediatamente. Pero afortunadamente mi mamá no puede retirarme de la casa de los primates. Sin embargo, la oigo decir mientras me mira con ojos de te ahorco: Es que tú hijo no mide las consecuencias- le reclama la tía Margarita a mi mamá.

Y me quedo pensando un rato sobre el significado de las consecuencias. Las consecuencias de qué? Pero no se da cuenta que las consecuencias son completamente alegres, al menos en mi persona. Ya no es culpa que su hijo se haya arrepentido a medio camino. Y ahí están las verdaderas consecuencias negativas. Arrepentirse a medio camino.

En el baño del cuarto del primate arrepentido aún se escuchan los sollozos del pobre. Quizás, ahora está arrepentido de haberse arrepentido porque seguro que piensa que nos vamos a burlar por mariquita. Y en verdad, qué mariquita. Solamente era un salto.

4 comentarios
  1. Andrea Ayala dijo:

    jajjajaja mori de risa, ahi estas tu pintado, como hablas, perfectamente ilustrado con tus palabras

    • Chi Vo dijo:

      jaja exactamente

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