Las consecuencias de no medir las consecuencias No. 2

Chirus y cuatro primos empujan las bicicletas por el empedrado que sube a los choclos del tío Moga.  Atraviesan el bosque y luego los potreros, queriendo ya llegar, porque ese calor del mediodía está que jode, y era mejor de que vayamos a espiar el almuerzo del tío Coco, y probar el trago, o fumarnos las colillas recién apagadas, todo menos esto de subir al mediodía empujando las bicicletas por semejante empedrado, Chirus, todo menos esto.

Al llegar a los choclos con gotas de sudor por toda la cara, finalmente dan media vuelta y observan lo que será la pista de carreras. Y se dan cuenta que la subida vale la pena porque, desde ese momento, el resto es pura diversión y el corazón a mil por hora. Dos curvas con charcos y luego una sola bajadota de piedras hasta la casa de Chirus. No hay premio, pero ninguno quiere perder.

Luego de contar hasta tres arrancan a pedalear con todas las fuerzas. Chirus se queda al final sin poder controlar una repentina risa nerviosa, pero la idea de que va a perder si no acelera le hace, de pronto, acelerar. Y ahí va llegando a los charcos de la primera curva mientras los otros ya está saliendo de la segunda. Y Chirus acelera más, pasa la siguiente curva y rebasa al que va tercero, un poco más adelante al segundo, y luego, cuando ya están a punto de llegar al bosque, al primero, y decide, de todas formas, que no va a dejar de pedalear y va a bajar lo más rápido que un niño ha logrado bajar en la historia de ese empedrado.

Para sorpresa del mismo Chirus, lo logra sin ningún problema, es un buen día. La ventaja que ha sacado, además,  lo posesiona como el ganador, no hay duda, pero Chirus no se conforma, así que pedalea más duro y más, y más, y los árboles de alrededor dejan de parecer árboles. Va hecho una bala,  pero completamente feliz, hasta que por algún motivo desconocido, una piedra que hasta esa mañana no estaba salida, decide en ese momento, salirse y se le pone justo al frente de la llanta delantera y Chirus, que va hecho una bala, solo siente, de pronto, que la bicicleta lo abandona, que se hunde y se le escapa de las manos, de los pies, de todo. Y ahí va ahora Chirus,  volando por los aires, en esas milésimas de segundos en que su mente y su cuerpo le dicen, te jodiste pelado porque no tenemos idea cómo aterrizar. Te jodiste. Y simplemente, Pacpomtracgrrrsssstroc!!! Su quijada se parte en dos con el filo de una piedra, y sus rodillas, dejan de responder. Chirus, en un fugaz intento de supervivencia trata de incorporarse, pero las rodillas le impiden cualquier movimiento. Está atascado en la superficie del empedrado, sin saber qué pensar, sin saber qué pasó, solamente viendo que las piedras bajo su rostro empiezan a pintarse de rojo. Entonces el resto de los participantes llegan a la escena, y para colmo de males se asustan más que Chirus Locus al ver tanta crudeza, y salen disparados al almuerzo del tío Coco a contar a alguien las consecuencias de no medir las consecuencias número dos.

Mientras tanto, otro de los primos,  se queda junto a Chirus dándole consuelo con palabras inútiles, porque Chirus  jamás las recordará. Sin embargo, lo que se estampa en su mente para siempre son las manos desesperadas del primate, en forma de plato hondo, rescatando a la sangre antes de que ensucie más el empedrado, tal vez, salvándole la vida  Chirus, si es que pierde mucha sangre, pues, él ya casi tiene las manos llenas y quizás, le puedan volver a meter por algún lado. Chirus solamente quiere a su papá y a su mamá, solo quiere que todo eso haya sido un sueño, que nunca hubiese pasado, que en lugar de subir al mediodía las bicicletas por ese empedrado, se hubiesen ido a espiar el almuerzo del tío Coco, y probar el trago y fumarse todas las colillas de los cigarrillos recién apagadas. Pero el presente es inevitable y ahí está, sin poder llorar siquiera porque le duele mucho,  en completo silencio, viendo las manos generosas de su primo.

La primera persona que aparece, para colmo, es la tía Margarita, que sufre de un grave problema de columna vertebral, por lo tanto, no puede agacharse para cargar a Chirus y subirle al carro. Solamente lo mira desde arriba, compadeciéndole, y hasta quizás, diciendo bien adentro, ojalá que con esto aprendas la lección, wawito salvaje. Y así mismo, los abandona para ir en busca de los padres de Chirus, que seguro están en el almuerzo del tío Coco.

De ahí en adelante, Chirus recuerda la voz de ángel de su madre, tan salvadora, acariciándole la frente mientras van a toda bala a la clínica más cercana. Y su padre al volante del carro, apiadándose de su hijo que le salió bien loco, que por algo ha de ser que su abuelo lo llama Ventarrón, y su tío, Chirus Locus, y su otro tío Cirilo Peraloca, y su tía Margarita le tiene pavor porque rompe los espejos de los almacenes de ropa y no sabe medir las consecuencias, ni siquiera sabe medir, cuánta miel se debe poner en los pancakes, y por eso mismo le va a visitar a la clínica, y le regala un par de rodilleras, mientras Chirus empieza a recuperarse con unos pelos en la quijada que se asemejan a las chivas de un chivo, y se ríe a carcajadas con las chivas de un chivo cuando se ve al espejo, sin saber que sus consecuencias no medidas recién están en el número dos de la lista.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: