Las consecuencias de no medir las consecuencias No. 3: Cirilo Peraloca lanza un huevo al aire

I

El día en que Peraloca fracasó con la venta de jugos de flores,  justo antes de irse a dormir, cuando creía que se había salvado y nadie se iba a enterar de la travesura, de pronto, oyó que el teléfono empezaba a timbrar.  Con silenciosa precaución se escondió en la oscuridad del corredor que llevaba al cuarto de sus padres y prestó atención.

– No, el Peraloca no me ha dicho nada-  decía su papá y luego el silencio.

Silencio.

– No me digas, estos guagüitos, qué pena por el Enriquito, ya le voy a preguntar al Peraloca.

Y otra vez el silencio, seguido de un pronto adiós y del Bip de teléfono apagado.

Esa mañana, Peraloca, que en verdad se llamaba Cirilo, había decidido que estaba aburrido, más de lo normal. No quería ni montar bicicleta, ni caballo, tal vez podía ver tele, pero le tenían prohibido encender ese aparato nefasto durante el día.

Así que debía usar la imaginación, al menos, eso decía su mamá.

La posibilidad de una aventura que repare el día no daba rastros de vida. Ni siquiera cuando Cirilo se arrastró a la casa de sus abuelos y pasó debajo de esos árboles rodeados con jardineras repletas de colores. Nada de eso le atraía, pero al llegar al jardín de Antoñito,  encontró a este contemporáneo, arrancando flores, flores de todo tipo.

Hacer jugo le resultó un mejor que nada.

Cirilo y Antoñito, en puntillas, juntaron las hortensias,  las margaritas, algunos geranios y por supuesto, las rosas; y las metieron en la licuadora con tallos y raíces. Vertieron el agua de la llave, unas cinco cucharadas de azúcar y el remolino comenzó. Salió hasta espuma de lo rico que se mezcló todo. Y ellos, como solo se fijaban en lo que más les importaba, o sea, la deliciosa espuma, les costó aceptar que nadie se tomaría, ni borracho, el agua lodosa en que se transformó su fino licor. Dejándolos, otra vez, aburridos, sin saber qué hacer.

La idea de los huevos, en cambio, resultó en merecido agradecimiento a la providencia, porque nada les pareció más divertido que ser dueños de la explosión de un huevo de gallina contra un parabrisas. Con todas las fuerzas, aplastándose lentamente, despedazándose, y mostrando su líquido amarillento y transparente caer, despacito, por el cristal. El cristal del Cóndor del 83 aparcado en el jardín de Antoñito, perteneciente a sus padres.

A Cirilo le sobraba un huevo y decidió que se lo guardaría para una mejor ocasión. Mientras tanto, la limpieza de la evidencia resultó sencilla gracias al buen chorro de agua que salió de la manguera. Lo único que no pudieron borrar, sin embargo, fue la desaparición de cuatro huevos en la despensa de la casa.

Mientras tanto, por el empedrado que servía para llegar a la casa de Antoñito,  en el instante en que Cirilo se ingeniaba el destino del huevo restante,  don Enriquito y su adorable esposa Carmencita, ambos respetados por su condición de abuelos, subían dentro de su Mercedez del 80 a un almuerzo familiar en la casa de  Miranda.

El vuelo del huevo logró traspasar la cerca de enredaderas que separaba el jardín de Antoñito del camino. Luego, en una puntería completamente favorable para Cirilo, se estrelló contra el parabrisas de los apaciguados abuelos, quienes, del susto se les apagó el carro, y ahí quedaron, silenciosos, sin mover un pelo, respetando la diplomacia y los altos modales correspondiente a su fina alcurnia. Hasta quizás, sorprendidos porque un huevo les cayó del cielo.

Los dos niños no imaginaron que ese momento se convertiría en las consecuencias de no medir las consecuencias número tres, y desesperados, sin saber qué hacer, decidieron meterse debajo del Cóndor del 83 a esperar a que se marchen los abuelos afectados. Mientras esperaban,  incomodísimos, sin poder levantar la cabeza, de repente, el vestigio de los huevos restantes, aquel líquido baboso que el chorro de la manguera no alcanzó a limpiar, como una especie de karma, cayó directamente en la nuca de Cirilo, y en la espalda de Antoñito.  No podían ni gritar, ni hacer ese bochinche respectivo a los niños que sienten que algo es asqueroso, y que ese algo, les está tocando.

Luego de algunos minutos, los niños decidieron salir del escondite. Se miraron y hasta sonrieron, pero todo en silencio, porque aún no estaban seguros de que los abuelos se habían ya marchado, olvidándose el hecho de un huevo caído del cielo directamente en su Mercedez del 80, incluso, pensando que era algo muy normal en la vida de una persona, aquello de los huevos en los parabrisas. O al menos eso pensaba Cirilo al no percibir, luego del suceso, ninguna reacción violenta, ni gritos, ni timbres en la puerta, ni niñitos malcriados.

Por eso cantaron victoria y aquel hecho curó el resto del día, convirtiéndolo en una gloriosa jornada donde la adrenalina había aparecido, y hasta incluso, el miedo. Y eso era suficiente para no sentir ningún tipo de ansiedad durante lo que quedaba de luz. Aunque una voz casi apagada, casi imperceptible, le dijo a Cirilo, esto no se queda así, niñito.

Y efectivamente, cuando su padre emitió un pronto adiós seguido del Bip de teléfono apagado, Cirilo, que había escuchado todo, supo que algo estaba mal, muy mal. Y completamente derrotado, sin la necesidad de que su padre lo llamara, caminó hasta pararse frente a la cama matrimonial.

La interrogación comenzó con una mirada fija y las palabras justas.

– Cirilo, dime la verdad- dijo su padre.

-Fue sin querer.

– Cómo se te ocurre lanzar un huevo…

-No pensé que le iba a dar-

– Sí, nunca piensas,  el pobre Enriquito se tuvo ir caminando a Miranda porque el carro se dañó. Toma el teléfono. Vas a llamar a pedir disculpas por lo que hiciste.

Y así, una vez más, Cirilo Peraloca, que en verdad no se llamaba Cirilo ni tampoco Peraloca, sino que un tío le bautizó de esa manera, tuvo que enfrentar las consecuencias, y llamar a una adulto a decir perdón, y del otro lado del teléfono oír una voz molesta y completamente seria, que no era ni la primera ni la última que escucharía en su vida.

PD: A propósito del nombre Cirilo Peraloca, algunos años después  se descubrió que aquel apodo había salido de una caricatura mexicana antigua, de un pato llamado Ciro Peraloca. Y en honor a ella, y a nuestro Cirilo, presento a continuación la intro del dibujo animado. No hay que dejar de asombrarse la amplia similitud con que se le puede relacionar al personaje de este cuento.

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