Las consecuencias de no medir las consecuencias No.4

 

El carnaval ecuatoriano es mucho más entretenido cuando se tiene el poder de las bombas de agua. Mojar a cualquier persona, empaparle, si es posible desprevenido, se convierte en el objetivo principal. Pero lo más justo reside en armar una batalla de dos equipos con su respectivo arsenal, y darse de bombazos, unos a otros.

Sin embargo, esta batalla a los doce años de edad, se nos fue de las manos. Nuestro equipo se ha quedado sin municiones, tenemos el grifo de agua, pero no las bombas, y los enemigos nos atacan sin piedad, con furia, dueños del poder. Así que corremos con el balde vacío por las jardineras de la casa de Antoñito, y Antoñito se mata de la risa porque se siente vencedor y nos acribilla con bombas que revientan en nuestras espaldas.

Por fortuna, logramos evadirlo por algunos minutos y el trío de primates que conformamos el equipo logramos establecer una desesperada reunión detrás de un sigse. La discusión se transforma en la posibilidad de una estrategia de huída o armisticio.

– Y si llenamos el balde de agua y le lanzamos encima al Antonio- propongo sin saber lo que propongo.

Y sin hablarlo más, como una especie de tratado implícito, nos separamos. Mientras uno llena el balde hasta el tope, los dos restantes distraemos al enemigoo. Su equipo lo ha abandonado.

Cuando lo tenemos al frente, decidimos probar una vez más el tratado de paz o de justicia.

– Nos quedamos sin bombas, regálanos unas y seguimos jugando- dice uno de los primates.

-No ¿por qué les voy a regalar?- responde seco y victorioso el pobre de Antoñito.

Y comienza otra vez la persecución, aparentemente inocente. Cuando llegamos al grifo, donde el balde ya está listo, damos media vuelta, y esta vez de frente, recibimos los bombazos, que al rato cesan porque a Toñito se le terminó las bombas y debe regresar a su trinchera para recargar. Pero antes de que logre dar el primer paso, uno de mis compañeros de equipo se abalanza sobre él, y porque en la guerra no hay compasión ni equidad, del otro brazo lo tomo yo. Toñito queda atrapado sin saber qué pasa. La expresión de ganador se transforma en la de espanto, sabe que algo malo está a punto de sucederle. Se retuerce, se sacude, pero nada lo libera de las fuerzas enemigas. “Suéltenme, suéltenme” repite sin cesar. Parecería que va a llorar pero se aguanta, aún cree que podrá escapar.  Sin embargo, su temor deja de ser presunción y se convierte en amenaza cuando mira al tercero de nosotros llegar con el balde lleno de agua helada, justo en ese instante en que el sol se tapa atrás de una nube. Y plaaaash! sin meditarlo ni un segundo el tercero trastorna el contenido del balde sobre la cabeza de Toñito.

El acontecimiento que precede al baldazo, por supuesto, se representa en tres niños ahogados de la risa, porque nos sabemos ganadores, acribilladores de los débiles, de los que se creyeron superiores que nosotros, porque siempre seremos los mejores y nadie nos puede molestar.

Pero el egoísmo del humano, el orgullo y la sed de venganza jamás cesa. En toda relación siempre hay un perjudicado,  una parte con más poder que la otra, nunca se estima por igual cuando hay un juego de por medio. Y de igual manera, como poderoso, el humano puede ser completamente ingenuo e idiota. En la euforia de los vencedores se baja la guardia, y mientras los tres primates nos disponemos a dar la vuelta de la victoria por la casa, con aquella sensación ultrapoderosa en los pechos, Toñito aparece en el hall de su casa con una escopeta calibre 16, y su dedo en el gatillo.

– Les voy a matar hijos de puta- sentencia con frialdad.

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