Bitácora de hechos ordinarios de oficina

– Nunca te he cacheteado un lunes por la mañana, no cierto- me sorprende el Genaro un lunes por la mañana. Y yo que estaba concentrado en la revisión matutina de correo electrónico me quedo helado con tremenda propuesta. Por algún motivo siento que este compañero de trabajo que apenas lo conozco hace poco más de un mes, habla enserio, y se muere de ganas de cachetearme  porque  el reverso de su mano tiembla muy cerca de mis ojos. Y yo no sé qué mierdas hacer.

– ¿Te había dicho que me caes mal? ah sí, bueno te lo digo de nuevo, me caes mal- insiste al ver que mi respuesta es la no respuesta.

Se me escapa una risa callada y el Genaro se marcha sacando el pecho.

Cuando vuelvo a mis quehaceres de revisión de mail, primeros paseos por Facebook y organización de agenda, llega la Vero que  tiene su puesto junto al mío.

– Hola, mi amor, ¿hoy día sí me vas a invitar a almorzar?- pero antes de que se me ocurra una respuesta, desde el otro lado del separador de vidrio ahumado escucho mi nombre en la boca de la jefa directa.

– Ven acá- ordena la Diana. Y sé que algo malo está a punto de suceder. Pero no, solamente se trata del cotilleo amoroso entre ella y un posible tercero. La historia de cómo se conocieron, sus dudas  y sus explícitas necesidades tardan media hora en acabar, y luego, cuando estoy a punto de volver a mi puesto, me recuerda que mis tareas están en el límite de tiempo antes del fracaso. Entonces me siento con el computador al frente, una lista de números de teléfono, y empieza el oficio. El tiempo transcurre hasta que de pronto me doy la vuelta y de los quince que somos en la oficina solo hay cuatro conmigo.

El Jhosi edita un reportaje con absoluta concentración. El Juan, en cambio, se pasea con cara de que algo le sucede muy adentro de su alma y no es nada parecido a la felicidad.  Desde que llegué a la oficina no hemos podido tener una conversación decente, estoy casi seguro que le caigo mal. En algún momento nos encontramos a solas en el ascensor y a penas esbozó una respuesta a mi saludo, traté de ser buena nota y le pregunté qué tal el fin de semana, pero ahí sí no hubo respuesta. Y por último, el Geova, camarógrafo de la vieja escuela, sabio según él, y constante lanzador de glorias hacia su trabajo, crítico erudito sobre el pésimo trabajo de Sebastián Cordero, papi de las nenas por supuesto, y chofer de la empresa, pero a pesar de todo, buena gente.

El Geova almuerza en la mesa de la recepción su habitual arroz con pollo y ensalada de aguacate con tomate. Nadie dice ni una palabra, el Jhosi sigue en lo suyo, el Juan abre la puerta de la oficina y empieza a caminar por el largo pasillo hacia el ascensor. Cuando ya han pasado algunos segundos desde que se fue, el Geova termina de comer, se limpia la boca y se da cuenta que está aburrido. Quiere cagarse de la risa, como diría él, pero no se le ocurre cómo. Hasta que de repente suelta la bomba.

– ¡Oye, Juan!- grita lo suficientemente alto como para que le escuchen los de las oficinas vecinas- el Isidro dice que quiere sacarte la puta.

– ¡Que, Qué!- se escucha a lo lejos, con eco incluido.  Y luego los pasos seguros que se acercan cada vez más.

– Que el Isidro te quiere sacar la puta- insiste el Geova, ahora sí, claro, cagado de la risa.

Y yo, que soy el único Isidro de todo el edificio, dejo de hacer lo que estoy haciendo, para ponerme a pensar en que, otra vez, como siempre, no sé qué mierdas hacer. Mientras tanto, los pasos se acercan más.

Existe ese momento en la vida cuando se entra a una oficina y no solamente de visita. La oficina como forma de vida significa el riesgo definitivo para el que los humanos comunes hemos sido entrenados.  Si alguna vez le dijeron “mijo, es que tienes que prepararte para el mundo”, y por eso terminó colegio, universidad y demás escalones enfocados al alcance de la fina alcurnia y la prosperidad económica, espiritual, y demás ilusiones; lo más probable es que esa frase hacía referencia a su ingreso a la oficina, lugar conocido en el argot ordinario como “el mundo”, aunque ese detalle se lo oculta por precaución al exceso de atentados kamikazes.

La oficina es la microcivilización donde se habitará la mayor parte del tiempo durante los próximos años de la vida. Si el nuevo miembro no se adapta, la estadía podrá convertirse en un continuo cuestionamiento de índole depresiva. No todos soportan el ingreso repentino a la oficina. Se necesita de una rigurosa preparación psicológica y muscular, porque a diferencia del primer día de clases, no puedes elegir ni grupo social ni que seas compañerito del hijo del tal y cuál. No, en este caso, estás solo contra el mundo, o mejor dicho, contra el “mundo”. Hay quienes eligen pésimo, quizás el Juan, por ejemplo. Generalmente debido al síndrome de “es que no sé qué me gusta papi” o por  simples cuestiones del destino terminan en un lugar donde odian absolutamente todo, desde el trabajo que deben realizar, hasta los compañeros de oficina, quienes, en definitiva,  se convierten en las personas con las que más tiempo se compartirá en el día. Y el tiempo libre se reduce a escasas horas (generalmente de 19:00 a 22:00) en la que se debe elegir muy bien cómo gastarlas. Caramba.

Enfrentar el “mundo”. Me había negado durante muchos años, pero resultó inevitable aquel encuentro. Traicioné la promesa punkera de “nunca voy a acabar en una oficina” para que efectivamente, una mañana veraniega me recibiera la puerta de madera con doble cerrojo, y adentro, la adjudicación del teléfono, el escritorio,  el computador y los dos lápices en el doceavo piso de un edificio con vista a más edificios.

Generalmente las empresas grandes forman comunidades dentro de la microcivilización, y por ejemplo, ver al gerente, es por logística laboral imposible, a no ser de que haya una conferencia anunciada vía mail, donde todos los empleados tienen la oportunidad de observarlo a lo lejos, en el salón de conferencias, o incluso, si uno es lanzado y se tiene suerte, compartir un estrechón de manos. Este tipo de oficinas, usualmente, tienden a ser más mécanicas. La magia de las relaciones interpersonales se reduce a vecinos de escritorio y a uno que otro mandado como ” ve loquito, da diciéndole al Jaime Morales, en el tercer piso, en el área de diagramación, que qué serán de los diseños”.

Esa es otra cosa, los nuevos siempre son nuevos con palanca que se tenga o no. En mi caso no me tocó la gran empresa, y la microcivilización se resumió en la Vero a la izquierda, el Genaro a la derecha, más allá, la Gaby, el Lu y la Majo. Atrás el Juan, el Jhosi, la Magus, en la mesa que debería hacer la recepción, el Geova, y detrás del separador de vidrio la jefa número dos de abordo llamada Diana, y en la única oficina con puerta cerrada, la jefa número uno de abordo. Bienvenido al mundo, a mi nuevo mundo.

Y el Juan aparece por la puerta, con fuego en sus ojos, listo para ponerme a prueba, quizás para el momento que más había esperado desde que llegué a la oficina mes y medio atrás. Me mira  directamente.

– ¿Que me quieres sacar qué?- dice histérico.Y yo, que sigo sin saber qué mierdas hacer, casi paralizado, me doy cuenta que tengo dos salidas inmediatas: reírme torpemente y decirle al Geova que no joda, y que todo es su culpa, y que Juan, tranquilo loco, estoy trabajando en paz. Definitivamente, esa opción resultaría en la sumisión ante su precipitado complejo de macho alfa que sin duda crecería más, y en verdad, que se joda este cojudo, y si me saca la puta porque nunca me he peleado en la vida, que me saque la puta, pero al menos le muerdo la panza, ya nada pues, así que opción dos, pelotudo.

– LA PUTA- le digo sin meditarlo un segundo más, con mis ojos clavados en los suyos.

Entonces el Juan se acerca con paso seguro a mi escritorio y se para con su ombligo rozándome la nariz, mirándome imponente desde allá arribota.

– A ver pues, chucha- me incita.  Y me doy cuenta que el tren ya arrancó y no hay vuelta atrás. Por eso me levanto despacio de mi silla, y crezco hasta que lo veo desde arriba, sintiendo su respiración en mi cuello.

– Dale, vamos.

– Vamos.

– ¿A dónde?- cuando le pregunto esto me doy cuenta que es el diálogo más patético que he tenido en mi vida, pero chu chuuuuu, nadie se me baja de la camioneta.

– Al parque.

– Listo.

Y en ese momento en que empezamos a caminar hacia el ascensor  miro de reojo al Jhosi con expresión de espanto, y al Geova, completamente serio.

La próxima imagen que tengo son las puertas del ascensor cerradas, y los indicadores de los pisos hundidos en el Subuselo Cuatro y en la Planta Baja. Y en este edificio, tomar una ascensor puede tardar quince minutos. Sin embargo, ahí estamos el Juan y yo, en silencio, en el piso doce, mirando a la nada, esperando el ascensor para poder bajar al parque y pegarnos de puñetes, pero antes debemos pasar el absurdo momento en el que el ascensor lleno de ejecutivos va parando en todos los pisos inferiores, y tal vez atender una llamada telefónica o conversar con el mismo Juan del aguacero de ayer. Por suerte, hay un instante en que la mente deja de gobernar al cuerpo, y los instintos humanos florecen para obligarnos a tomar decisiones de supervivencia de la razón. Y a la mierda, esto es lo más ridículo que me ha pasado, así que doy media vuelta, le pego una palmada amistosa en el brazo al Juan, pronuncio la palabra Huevadas y me largo a seguir trabajando, sin antes meterle un buen quiño al Geova, que otra vez se caga de risa.

Y luego la Diana llega a la oficina y usa palabras como: Oki,doki, o Isidro, te voy a ahorcar, prepara los loops, llama al Soldadito, graba los promos, mira el programa, llama a Alex, pídele a Juan que deje de hacer lo que esté haciendo y te ayude a sacar los VCRS para el programa del finde semana, oki.

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