Adios, ballenas de mi parque

La verdad de los osos de Siberia, tiene relación con la verdad del mundo. La verdad del mundo, es una mentira, una mentira que a veces nos la creemos, y otras no. Y los osos de Siberia puede que no existan. Nunca los he visto. Aunque sí los he sentido. Dicen que llevan una pelaje blanco y que tienen colmillos tan filudos como este cuchillo con el que hoy día corto las cebollas. Este cuchillo que me hace llorar, que desprende un aire vil, y se mete por mi nariz, y llega a mi cerebro, y me pica, y aparece de pronto una lágrima en el lagrimal izquierdo. La lágrima cae por mi mejilla formando un camino húmedo, con fuerza suficiente para avanzar hasta el precipicio de mi mandíbula, y desde ahí se lanza al aire. La vemos caer despacio hasta hacer plash, silenciosamente, sobre la hoja del cuchillo con el que corto la cebolla. Aquella hoja que me hace acuerdo a lo filudos que pueden ser los dientes de los osos de Siberia. Hay que tener miedo de los osos de Siberia.

Lo cierto de los fiordos de Noruega me llega un lunes por la mañana mientras me levanto de la cama con el vértigo de la resaca de las ballenas de mi parque. Entonces los recuerdo, a los fiordos, altísimos, fríos, y llenos de una magia solitaria. Tan solitaria como la nieve de Tumbaco, como el granizo de Esmeraldas, como las hojas flotantes en mi bañera, y por supuesto, como las ballenas de mi parque. Mi bañera no tiene agua, no tiene jabón.Y afuera, las ballenas de mi parque ya no me hacen caso. Se reúnen a hablar sobre los acontecimientos de las ranas. Y botan burbujas azules, y amarillas a veces. Yo las quiero, a las ballenas de mi parque, todas ellas con sus vestidos de geranios. Pero el veto de las leyes semiacuáticas las afecta. Ellas, pobres, tan solitarias. Y encima más llega un policía dentro de su gabardina, con el pito que le cuelga sobre el pecho. Y les anuncia sobre el veto de las leyes semiacuáticas. Aquellas que les prohíbe exhibirse, y que les devuelve en avión hasta los fiordos de Noruega. Que es cierto que son altísimos, fríos y llenos de una magia solitaria. Aquellos que recuerdo esta mañana mientras me levanto de la cama, con el vértigo de la resaca. De esta resaca que me dice que ya no quiero más a las ballenas.

Finalmente quisiera subirme a un bus vacío, con un conductor ebrio que acelera a fondo. Yen ese momento, abrir la ventana del copiloto, destapar una cerveza fría y mirar la noche pasar, veloz en cada farol, con una intensa evolución de pavor. Sé que en ese momento recordaría el hielo en mi nevera. La nevera repleta de hielo. Me congelo de solo pensar en aquellos cubos, duros,  pero que al mínimo desliz de las lenguas se apaciguan, y resbalan dentro de las bocas de los niños en los restaurantes, y también, de las bocas adolescentes. Los hielos de mi nevera están tan fríos como el viento y como el miedo de este bus enloquecido. Y el conductor con sus gafas de piloto decide estrellarse. para poner sobre el pavimento la idea de un nosotros, sin hielos de por medio.

 

 

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